Houston dejó sabores, música, paisajes urbanos y una reflexión difícil de separar del momento político que vivía Estados Unidos.
La ciudad entre parques y horizontes
Houston apareció primero como una ciudad amplia, moderna y llena de contrastes. Sus edificios, parques y caminos junto al agua creaban una sensación distinta a la imagen puramente corporativa que muchas veces asociamos con ella.


Cerveza local y música country
En Saint Arnold Brewing Company probamos una selección de cervezas en una terraza agradable y relajada. Más que elegir una favorita, lo interesante fue descubrir cómo una cervecería local puede convertirse en parte de la identidad de una ciudad.
Después llegó Whiskey River, con música country, tequila y esa energía texana que convierte una noche común en una experiencia. Fueron momentos divertidos, sin demasiada planificación, de esos que justifican salir de la ruta más previsible.


El viaje también ocurrió dentro de mí
La visita sucedió poco después de la nueva toma de posesión de Donald Trump. Como inmigrante y turista latino, fue imposible ignorar el ambiente político y algunas conversaciones que aparecían alrededor. No puedo decir que haya vivido una situación directa de hostilidad, pero sí una sensación de distancia que terminó acompañando parte del viaje.
Ese sentimiento, ese “ranço” difícil de traducir sin perder su tono brasileño, no borró lo que disfrutamos. Pero formó parte de la experiencia. Viajar también implica reconocer contradicciones: un lugar puede recibirnos con música, sabores y buenos momentos y, al mismo tiempo, provocar preguntas sobre pertenencia, política y la forma en que miramos al otro.
Un viaje no necesita confirmar todo lo que pensamos. A veces su mayor valor está en obligarnos a sentir y observar con más atención.
Viajar abre la mente no porque todos los lugares sean perfectos, sino porque cada experiencia amplía las preguntas con las que regresamos a casa.