Personal · Negocio · RRHH

Lo que el liderazgo positivo me enseñó después de 19 años en México

Velero navegando hacia el horizonte durante el atardecer
Adaptarme a otra cultura no solo cambió mi forma de vivir. También transformó mi manera de comunicarme, relacionarme y liderar.

Durante muchos años utilicé la etiqueta #LiderazgoPositivo para expresar una forma de mirar la vida y, como consecuencia, también de liderar. Nunca quise decir que todo fuera color de rosa, que los problemas pudieran resolverse con una sonrisa o que debiéramos aceptar pasivamente aquello que está mal. Hay dificultades reales, frustraciones, pérdidas y circunstancias que necesitan ser enfrentadas. Pero también aprendí que concentrarnos indefinidamente en lo negativo, especialmente cuando no podemos cambiarlo, tiene un costo: la vida sigue avanzando mientras esperamos que la realidad se comporte de otra manera.

Para mí, el liderazgo positivo no consiste en negar lo negativo, sino en negarle el derecho a ocuparlo todo. Es corregir lo que podemos corregir, influir donde existe algún espacio de acción y aprender a “torear” aquello que, al menos por ahora, no depende de nosotros. No es ingenuidad ni conformismo. Es una decisión consciente sobre dónde invertir nuestra energía antes de que el cansancio se convierta en desencanto y, finalmente, en desistimiento.

Llegar con las referencias de otra cultura

Hace 19 años llegué a México desde Brasil. Venía con mis costumbres, mis referencias y mi propia manera de interpretar a las personas, las relaciones y el trabajo. La primera gran dificultad fue el idioma. Como muchos brasileños, al principio pensé que la cercanía entre el portugués y el español haría todo más fácil. Pronto entendí que reconocer algunas palabras no significaba necesariamente saber comunicarme. Aprender español exigió humildad para equivocarme, escuchar con mayor atención y aceptar que hablar “portuñol” podía ayudarme a sobrevivir durante algún tiempo, pero no era suficiente para comprender realmente a las personas ni para expresar con precisión lo que quería decir. El idioma dejó de ser solamente una herramienta práctica y se convirtió en una puerta de entrada a otra forma de pensar.

La comida también representó un desafío. El picante no formaba parte de las referencias con las que crecí y tuve que aprender a conocerlo, tolerarlo y, con el tiempo, disfrutarlo. Podría haber convertido cada comida en una comparación con Brasil o tratado esa diferencia como un dilema permanente. Sin embargo, fui entendiendo que adaptarse también consiste en no transformar todo aquello que nos resulta extraño en un problema insuperable. Algunas diferencias necesitan tiempo, curiosidad y disposición para ser experimentadas antes de ser juzgadas. Parece un aprendizaje pequeño, pero me ayudó a comprender algo mayor: vivir en otra cultura no significa esperar que el entorno se adapte constantemente a nosotros.

Quizá el aprendizaje más profundo apareció en las conversaciones. Tuve que moderar un poco mi intensidad, reducir la velocidad con la que acostumbraba hablar y observar mejor cómo mis palabras eran recibidas. No se trataba de dejar de ser brasileño ni de apagar mi personalidad. Se trataba de comprender que comunicar no es solamente decir lo que pensamos: es crear las condiciones para que la otra persona pueda escucharnos, interpretarnos y responder desde sus propias referencias. Cuando trabajamos con personas de diferentes países, una comunicación eficaz no es necesariamente la que expresa todo con mayor rapidez o contundencia. Es aquella que consigue atravesar las diferencias sin destruir la relación.

Cuando la relación también forma parte del negocio

Uno de los aprendizajes que incorporé con más fuerza a mi vida profesional fue el valor de la conversación antes de una reunión. Mi impulso natural era entrar rápidamente en la agenda, aprovechar cada minuto y comenzar por los asuntos que necesitaban una decisión. Con los años entendí que dedicar un momento a preguntar cómo estuvo el fin de semana, cómo sigue una mascota, qué tal resultó un viaje o cómo se siente alguien no representa una pérdida de tiempo. Cuando existe interés genuino, esos minutos construyen confianza y nos recuerdan que trabajamos con personas completas, no solamente con funciones, cargos y entregables.

Hoy utilizo ese aprendizaje de forma natural, incluso antes de una reunión con un cliente. Esos primeros minutos me parecen preciosos y procuro no ocuparlos inmediatamente con la presentación, la negociación o los asuntos pendientes. Si sé que la persona hizo un viaje, le pregunto cómo le fue; si alguna vez habló de su mascota, intento recordarla; si compartió algo sobre su fin de semana, escucho con interés real. No lo hago como una técnica para “romper el hielo” ni como una estrategia para obtener algo a cambio. Lo hago porque, antes de sentarnos a discutir un proyecto, un problema o una oportunidad, existen dos personas intentando comprenderse.

Esa conexión no sustituye la preparación, no elimina las diferencias comerciales ni garantiza que llegaremos a un acuerdo. Pero cambia la calidad de la conversación. Cuando la relación comienza desde un lugar más humano, existe mayor apertura para preguntar, explicar una preocupación o reconocer que todavía no tenemos una respuesta. Con los años comprendí que esos minutos iniciales no retrasan la reunión: muchas veces hacen posible que todo lo que viene después avance con mayor confianza. La relación no es una interrupción del negocio; con frecuencia, es parte de la infraestructura que permite construirlo.

Este aprendizaje también dio un significado más concreto a mi forma de entender el liderazgo positivo. No se trata de elogiar todo, evitar conversaciones difíciles o fingir entusiasmo frente a cualquier circunstancia. Un líder debe corregir, exigir, tomar decisiones y enfrentar temas que no siempre serán agradables. Pero también debe recordar que una persona no puede ser reducida a su último error, que un equipo no puede vivir permanentemente bajo presión y que ninguna organización construye confianza cuando todos esperan la próxima tormenta.

La zona de confort y los mares tranquilos

Con el tiempo también cambié mi forma de entender la llamada zona de confort. Durante años nos dijeron que era un lugar del que debíamos escapar, casi como si sentirnos seguros, tranquilos o familiarizados con algo fuera necesariamente una señal de estancamiento. Hoy no estoy tan convencido. La zona de confort también puede ser el espacio donde recuperamos energía, ordenamos nuestras ideas y encontramos la serenidad necesaria para decidir hacia dónde queremos crecer. El problema no es tenerla, sino convertirla en la frontera definitiva de nuestra vida.

No todas las transformaciones nacen de una crisis. Algunas surgen precisamente cuando tenemos suficiente paz para pensar en la evolución, imaginar nuevos negocios, estudiar, aprender otro idioma, conocer otras culturas o cuestionar nuestros modelos mentales. Cuando una persona dedica toda su energía a defenderse, sobrevivir o adaptarse a cambios permanentes, difícilmente conserva espacio mental para crear. Por eso, quizá la zona de confort no sea siempre una prisión, sino una especie de campamento base: un lugar que nos ofrece estabilidad para explorar territorios nuevos y al que podemos regresar para recuperar fuerzas.

Durante años también escuché una conocida metáfora: “Los mares tranquilos no forman buenos marineros”. Entiendo su intención. Las dificultades ponen a prueba nuestra preparación y nos enseñan cosas que probablemente no aprenderíamos navegando siempre en condiciones ideales. Pero una tormenta también puede agotar al marinero, dañar su embarcación e impedirle pensar más allá de la próxima ola. El mar tranquilo desarrolla otras capacidades: permite reparar el barco, estudiar los mapas, comprender lo aprendido, observar el horizonte y elegir conscientemente el próximo destino. Si todas las aguas están agitadas, podemos volvernos muy hábiles para sobrevivir, pero quizá dejemos de aprender a crear.

De sobrevivir a pertenecer

Adaptarme a México no significó renunciar a mi identidad, aceptar todo sin cuestionar ni dejar de mirar el país con sentido crítico. Significó aprender a comprender antes de juzgar, distinguir lo que podía transformar de aquello con lo que necesitaba convivir y decidir dónde valía la pena invertir mi energía. Tal vez esa adaptación me ayudó a sobrevivir al principio; con el tiempo, me permitió pertenecer. Hoy México ya no es solamente el país donde vivo y trabajo: es mi casa, mi hogar.

Después de 19 años, entiendo que el liderazgo positivo no nació para mí de una teoría ni de una frase motivacional. Se fue construyendo al aprender otro idioma, probar sabores desconocidos, reducir la velocidad de una conversación, escuchar con interés antes de comenzar una reunión y trabajar con personas que observan el mundo desde referencias diferentes.

México no solo cambió mi forma de vivir. Me enseñó que liderar también significa adaptarnos sin dejar de ser quienes somos, crear tranquilidad sin renunciar al crecimiento y reconocer que las personas necesitan estar preparadas para enfrentar las tormentas, pero también merecen mares tranquilos desde los cuales puedan imaginar hasta dónde quieren llegar.

Explorar este tema

Más en Personal