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Cuando la autonomía se convierte en una forma de distancia

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En dos líneas

La autonomía permite decidir y resolver cerca de la operación. El problema aparece cuando esa capacidad empieza a justificar una relación en la que el acompañamiento solo se hace visible ante una dificultad.

Pequeño edificio de oficinas con ventanas iluminadas al atardecer, unido por un camino a un conjunto de edificios más distante.
Una operación puede seguir adelante sin que la distancia deje de sentirse. Imagen conceptual generada con IA.

“Ustedes tienen mucha autonomía. Pueden tomar decisiones locales y resolver las cosas con rapidez.”

Escucho esa idea con frecuencia y reconozco lo que tiene de positivo. Valoro poder decidir, encontrar soluciones y hacer que la operación avance sin convertir cada asunto en una solicitud de autorización, justificada línea por línea, que tarda en volver. Muchas decisiones las tomamos localmente y después las comparto con mi líder. No quisiera perder esa agilidad.

Sin embargo, hay momentos en los que ese reconocimiento me produce una sensación diferente. La autonomía deja de sentirse solamente como confianza y empieza a parecer una explicación de por qué no hace falta estar cerca. Como si nuestra capacidad de resolver también significara que no necesitamos atención, interlocución o apoyo.

No sé si esa es la intención de quien lo dice. Sí sé que, en determinadas situaciones, así se siente desde este lado.

No relaciono esta sensación únicamente con mi experiencia actual. He reconocido dinámicas parecidas en empresas adquiridas, en relatos de amigos que trabajan en otras organizaciones y en conversaciones sobre el mercado laboral local, incluida una reciente con una gran consultoría internacional. No son situaciones idénticas ni permiten generalizar, pero me hacen pensar que esta distancia puede ser más habitual de lo que debería.

Tampoco hace falta que exista una intención de desentenderse. Las prioridades del corporativo, la distancia y la costumbre de que los asuntos se resuelvan localmente pueden ir reduciendo el acompañamiento sin que nadie haya decidido retirarlo.

Todo funciona, nadie pregunta cómo

Los negocios funcionan, los salarios se pagan y los resultados se entregan a tiempo. Aparecen dificultades, pero rara vez alguna queda sin solución local. Esa continuidad puede parecer natural desde fuera, aunque detrás haya personas tomando decisiones, negociando prioridades y encontrando caminos para que las cosas sucedan.

Mientras todo funciona, pocas veces alguien pregunta cómo. Qué tuvimos que resolver, qué aprendimos del mercado o qué decisiones hicieron posible llegar al resultado. La operación aparece en los números, pero el razonamiento que los sostiene no siempre encuentra el mismo espacio.

Compartir esas decisiones no significa pedir permiso para tomarlas. También es una forma de contribuir a la conversación de la empresa.

En las operaciones internacionales no solo ejecutamos: pensamos, interpretamos realidades diferentes y construimos soluciones que podrían ser útiles más allá de nuestro ámbito.

Por eso, lo que echo de menos no es una supervisión permanente. Es el interés por conocer lo que hacemos antes de que exista un problema que obligue a mirarnos.

Cuando necesitamos ayuda

La distancia se vuelve más evidente cuando aparece una situación que no conseguimos resolver solos. Entonces surgen expresiones como “no sabía eso”, “tienen que hablar con nosotros” o “toma el teléfono, no mandes un correo”.

Puede haber ocasiones en las que esas observaciones sean pertinentes. Un asunto urgente puede necesitar una llamada, y siempre podemos mejorar la forma de comunicar. No pretendo que haber enviado información equivalga automáticamente a haber conseguido que fuera comprendida.

Pero trabajar entre países también significa trabajar entre husos horarios. Muchas veces elegimos el correo precisamente para respetar el tiempo del otro, permitir que revise el contexto y evitar que una conversación invada su descanso o prolongue su jornada. No siempre es una forma de mantener la distancia; también puede ser una forma de consideración. Si determinados asuntos requieren una llamada, conviene acordar cuáles y en qué condiciones, en lugar de descubrir esa expectativa cuando ya estamos pidiendo ayuda.

Cuando la primera respuesta se concentra en cómo debimos involucrar a los demás, podemos sentir que, antes de encontrar apoyo, debemos justificar por qué seguimos resolviendo localmente hasta ese momento.

Ahí aparece una expectativa difícil de interpretar: se valora que resolvamos sin depender, pero, cuando necesitamos involucrar a alguien más, se cuestiona por qué actuamos solos durante tanto tiempo. Si ese límite no estaba claro, resulta difícil descubrirlo únicamente después de haberlo cruzado.

Lo que pesa no es solamente la dificultad operativa. También es la sensación de que la cercanía llega principalmente en forma de presión, cuando durante el funcionamiento cotidiano apenas se percibía como acompañamiento.

Delegar no termina en conceder libertad

No cuestiono que debamos responder por nuestras decisiones. La autonomía incluye responsabilidad, y un resultado adverso puede justificar revisar lo ocurrido, corregir un proceso o modificar un límite de decisión.

Lo que cuestiono es que la autonomía parezca explicar la ausencia de participación mientras todo funciona y, al mismo tiempo, deje de ser suficiente cuando aparece una dificultad.

A veces, la confianza en la capacidad de una operación para resolver puede llevar a dar por hecho que necesita poco acompañamiento. La autonomía sigue siendo real, pero también empieza a justificar una relación más distante: cada parte continúa con sus prioridades y el contacto se intensifica principalmente cuando surge una dificultad. No necesariamente es una decisión consciente, aunque sus efectos merecen atención.

Para mí, acompañar sería poder compartir una preocupación sin que eso se interpretara como incapacidad para decidir. Encontrar espacio para discutir una situación antes de que se vuelva urgente. Y sentir que, cuando pedimos apoyo, la primera disposición es comprender qué necesitamos y cómo resolverlo juntos. Y que esa acción, sí, fuera algo normal, esperado y sin que fuera interpretado como incapacidad.

Nada de eso exige aprobar cada movimiento ni participar de todas las decisiones. Exige una relación que no dependa exclusivamente de que algo haya salido mal.

Quiero conservar la autonomía que tenemos. También quiero que nuestras decisiones y aprendizajes encuentren interlocutores, y que pedir ayuda no se convierta en una explicación de por qué no pudimos seguir resolviendo solos.

No espero que alguien decida por nosotros.

La distancia no impide que todo funcione. Tampoco elimina la necesidad de acompañamiento.

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