Desde nuestra oficina, el Museo Soumaya forma parte del día a día y, aun así, nunca parece exactamente el mismo.
La luz cambia, el cielo transforma los reflejos de su fachada y la ciudad crea un marco diferente a cada hora. Su arquitectura, tan reconocible, funciona como un recordatorio de que la belleza también puede estar integrada a la rutina.
En medio de reuniones, decisiones y pendientes, detener la mirada durante algunos segundos ayuda a recuperar perspectiva. No resuelve el trabajo que espera, pero modifica la forma en que regresamos a él.
Observar también es una forma de cuidar la atención.
Conservar esa capacidad de asombro hace que un lugar conocido pueda seguir ofreciéndonos algo nuevo.