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Sergio MoriloUn archivo personal
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San Miguel de Allende, una ciudad que siempre se siente especial

En dos líneas

Una ciudad para volver sin prisa: cafés, terrazas, hoteles, una tarde en San Lucas y pequeños recuerdos que permanecen en nuestras fotografías.

Parroquia de San Miguel Arcángel durante el día
La Parroquia de San Miguel Arcángel, uno de los grandes símbolos de la ciudad.
Una escapada sin prisa Hay lugares que visitamos para conocer. Y hay otros a los que regresamos porque nos hacen sentir bien.

San Miguel de Allende pertenece, sin duda, al segundo grupo.

Es una ciudad hermosa, histórica y mágica en muchos sentidos. Desde el momento en que llegamos, sus calles empedradas, las fachadas llenas de color, las iglesias, los balcones y las montañas que aparecen al final de algunas calles crean una atmósfera difícil de encontrar en otro lugar.

Calle empedrada con fachadas coloridas en San Miguel de Allende
Calles empedradas y fachadas de color: parte del encanto de caminar por San Miguel.
Calle histórica de San Miguel de Allende después de la lluvia
Después de la lluvia, las calles de San Miguel adquieren otra luz.

Caminar también es parte del viaje

La Parroquia de San Miguel Arcángel es probablemente su imagen más reconocida. De día, su cantera rosada cambia con la luz y se destaca sobre el cielo. Por la noche, iluminada frente al Jardín Allende, adquiere una presencia todavía más especial. Pero la ciudad es mucho más que su monumento más famoso.

Parte de su encanto está en caminar sin demasiados planes. Doblar una esquina, descubrir una nueva fachada, entrar en una pequeña tienda, detenerse a tomar un café o simplemente observar el ritmo de la ciudad. Incluso la lluvia parece combinar con sus calles y edificios antiguos, creando escenas que hacen que todo se sienta todavía más cinematográfico.

Taza de café caliente junto a una maceta artesanal colorida
Los pequeños placeres también forman parte del viaje.

El Mirador y el regreso a pie

El Mirador es una parada para contemplar la ciudad, sin necesidad de llevar grandes expectativas. Lo que más recuerdo es cómo llegamos: en un pequeño autobús que hacía un recorrido por San Miguel de Allende, con un calor tremendo y unos asientos duros de madera. Era incómodo, pero íbamos en un grupo grande y lo estábamos pasando bien. Al llegar al mirador, decidimos que ya habíamos tenido suficiente autobús y regresamos a pie.

San Miguel de Allende desde el mirador, antes de volver a pie.
San Miguel de Allende desde el mirador, antes de volver a pie.

La manita de la calle Correo

En la puerta de una casona de la calle Correo había una pequeña mano de metal que, para nosotros, era todo un icono. Siempre pasábamos para hacerle una foto, un poco como quien busca una cabina telefónica en Londres. Parece que ya no está allí, pero sigue en nuestras fotografías y en los recuerdos de esas caminatas por San Miguel de Allende.

La manita de la calle Correo, conservada en nuestras fotografías.
La manita de la calle Correo, conservada en nuestras fotografías.

Sabores, descanso y buena compañía

Nos gusta mucho ir a San Miguel de Allende para pasar el fin de semana. Es una escapada que permite cambiar de ritmo, descansar y disfrutar sin necesidad de llenar cada hora con actividades.

La gastronomía es otro de sus grandes atractivos. Siempre hay restaurantes interesantes, propuestas creativas, buenos vinos y lugares capaces de transformar una comida en una experiencia. Comer bien forma parte natural del viaje.

También están sus hoteles, muchos de ellos instalados en construcciones llenas de historia, con patios, terrazas y espacios que combinan el carácter tradicional de la ciudad con una comodidad contemporánea. Son lugares agradables, tranquilos y con tantos detalles que a veces dan ganas de permanecer en el hotel durante buena parte del día.

Átrio: un pan que también se queda en la memoria

Entre los restaurantes que recuerdo de San Miguel de Allende está Átrio. Y hay un detalle que merece su propia mención: el pan con miel de agave, uno de esos sabores que seguimos recordando después del viaje.

La terraza de Átrio durante una visita nocturna.
La terraza de Átrio durante una visita nocturna.
El pan con miel de agave que seguimos recordando.
El pan con miel de agave que seguimos recordando.

Fátima Terraza: buena comida con la ciudad de fondo

Fátima Terraza nos pareció un restaurante menos conocido de lo que merece. Encontramos un servicio excelente y una comida que disfrutamos mucho. La vista sobre San Miguel de Allende suma otro atractivo a una experiencia que ya vale la pena por lo que llega a la mesa.

Una mesa con vista a la ciudad en Fátima Terraza.
Una mesa con vista a la ciudad en Fátima Terraza.
Fátima Terraza.
Fátima Terraza.

El Quince: una gran vista, con una reserva sobre los precios

El Quince nos pareció un restaurante precioso, con comida excelente y una vista privilegiada de la Parroquia. Es un lugar caro y, en particular, los precios de los vinos nos parecieron desproporcionados. Disfrutamos la experiencia, aunque esa parte de la cuenta merece tenerse en cuenta.

La Parroquia, muy cerca de la mesa en El Quince.
La Parroquia, muy cerca de la mesa en El Quince.

Ki’bok café: una pequeña pausa

Es un lugar pequeño, con muy buen servicio, un café rico y gente guapa. Una combinación sencilla y agradable para hacer una pausa entre caminatas por San Miguel de Allende.

Dos cafés y una pausa entre caminatas.
Dos cafés y una pausa entre caminatas.
Un rincón del pequeño café.
Un rincón del pequeño café.

Cumpanio y Panio: panes, dulces y un sabor para recordar

Panes excelentes, dulces perfectos y una mermelada de guayaba con jengibre de Cumpanio que merece una mención especial. Las fotografías de Panio también guardan parte de esos sabores que recordamos de San Miguel de Allende.

La vitrina de dulces, otra parte de nuestros recuerdos de San Miguel.
La vitrina de dulces, otra parte de nuestros recuerdos de San Miguel.
Los panes de Panio.
Los panes de Panio.

Dos formas de disfrutar sus hoteles

Rosewood: una visita, aunque no nos alojemos allí

Nunca nos hemos hospedado en el Rosewood, porque sus tarifas nos resultan muy elevadas. Pero sí lo hemos visitado: su patio, la terraza y los detalles de la decoración también merecen una pausa dentro de un recorrido por San Miguel de Allende.

El patio de Rosewood, visto desde arriba.
El patio de Rosewood, visto desde arriba.
Una pausa en la terraza durante nuestra visita a Rosewood.
Una pausa en la terraza durante nuestra visita a Rosewood.
Una pieza de cerámica llena de color entre los detalles de Rosewood.
Una pieza de cerámica llena de color entre los detalles de Rosewood.

Cleviá: una sorpresa que nos encantó

Nos hospedamos en Cleviá y fue una sorpresa extraordinaria. Un hotel precioso, de muy buen gusto y con un servicio excelente. La decoración dialoga con el carácter de San Miguel de Allende: materiales, colores y detalles que hacen que la estancia se sienta parte del viaje. Salimos encantados.

Materiales, luz y detalles en los espacios de Cleviá.
Materiales, luz y detalles en los espacios de Cleviá.
La habitación de nuestra estancia en Cleviá.
La habitación de nuestra estancia en Cleviá.
El cuidado de los materiales también en el baño.
El cuidado de los materiales también en el baño.
Un detalle de Cleviá que conservamos en una fotografía.
Un detalle de Cleviá que conservamos en una fotografía.
La bienvenida a nuestra estancia en Cleviá.
La bienvenida a nuestra estancia en Cleviá.

Una tarde entre vinos en Viñedos San Lucas

Un poco antes de llegar a San Miguel de Allende, viniendo por la carretera de Querétaro, Viñedos San Lucas merece una parada. Es un lugar muy bonito, con hotel, restaurante y cava, donde el cuidado de los espacios forma parte del encanto. Los edificios de ladrillo, los jardines y los campos de lavanda hacen que la visita tenga interés incluso antes de sentarse a tomar una copa.

En mi visita encontré pocas etiquetas, pero me gustó mucho el lugar y lo cuidado que estaba. Lo recomendaría para pasar una tarde sin prisa, tomando un vino blanco bien frío y disfrutando del entorno. Es una forma muy agradable de empezar la escapada, todavía antes de entrar en las calles de San Miguel.

Vista de los jardines y la bodega de ladrillo de Viñedos San Lucas
Los jardines y la bodega de Viñedos San Lucas. Fotografía personal.
Lavanda frente a la fachada de Viñedos San Lucas
Lavanda y ladrillo a la entrada de la bodega.
Tanques de acero entre arcos de ladrillo y reflejos en el interior de la bodega
El interior de la bodega, también lleno de detalles.
Quizás esa sea una de las mejores cualidades de San Miguel de Allende: no exige prisa.

Volver sin necesidad de grandes planes

Invita a caminar, comer bien, conversar, descansar y observar. A disfrutar una taza de café caliente, una cena especial, una calle silenciosa o la iluminación de la parroquia al terminar el día.

Cada visita tiene algo diferente, pero la sensación al regresar siempre es familiar.

San Miguel de Allende es una ciudad para descubrir, pero sobre todo para sentir. Una de esas ciudades que nos recuerdan que un buen viaje no siempre necesita grandes planes. A veces basta con un lugar hermoso, buena compañía y tiempo para disfrutarlo.

Parroquia de San Miguel Arcángel iluminada por la noche
San Miguel de Allende al terminar el día.