El viernes debía haber sido tranquilo. Al menos, eso era lo que yo esperaba. Sin embargo, a lo largo del día fueron apareciendo tropiezos familiares, preocupaciones y pequeñas tensiones que, acumuladas, terminaron cambiando por completo su ritmo. En algún momento me di cuenta de que estaba acelerado, quizá demasiado. Me sentía angustiado, impaciente y con un único deseo: que el día terminara pronto.
No esperaba resolver todo. Tampoco sabía exactamente qué podía hacer para sentirme mejor. Solo percibía que continuar en aquel mismo ritmo probablemente haría que la noche comenzara con el peso que el día había dejado.
Por la mañana había enviado un mensaje por WhatsApp a dos personas muy queridas. Empezaba con una frase que mezclaba algo de sabiduría con bastante humor: dicen que la vida pide sabiduría para resolver lo que tiene solución, serenidad para aceptar lo que no la tiene y un buen vino para ayudar en ambos casos.
Debo reconocer que me tomé una pequeña licencia poética. La frase original habla de tequila, no de vino. Pero en aquel momento el vino representaba mucho mejor lo que quería proponer.
Después venía la verdadera invitación:
“¿Qué tal un vino hoy? Sin ocasión especial, sin compromiso, solo para beber algo, conversar y pasar un tiempo juntos.”
La respuesta llegó acompañada por la misma sencillez. Alguien propuso llevar algo para comer. La otra persona respondió que aceptaba, con una copa y algunos corazones. Lo que había comenzado como una invitación espontánea empezaba a convertirse en una mesa.
Horas después éramos tres en casa. Abrimos un Angélica Zapata Merlot 2020 y un D.V. Catena Malbec 2024. Las dos botellas acababan de llegar de Argentina, traídas en mi último viaje. Las acompañamos con algunos quesos y salame, sin preparar una gran cena ni transformar el encuentro en una ocasión formal.
Había también cierta tensión entre dos de las personas que estábamos allí. El vino no hizo desaparecer el desacuerdo ni convirtió mágicamente la noche en una celebración perfecta. Tampoco nos sentamos con la intención de resolver algo o llegar a alguna conclusión. Fueron dos botellas, algunos quesos, salame y muchas conversaciones sin pretensión.
Solo queríamos conversar, jogar conversa fora, como decimos en portugués, y reírnos un poco.
Y algo cambió.
Cuando el cuerpo todavía sigue corriendo
Una de las dificultades de vivir durante mucho tiempo en una rutina acelerada es que el día no siempre termina cuando termina la agenda. Podemos cerrar la computadora, guardar el teléfono o salir de la última reunión y, aun así, continuar funcionando internamente como si todavía hubiera algo urgente que responder.
El cuerpo permanece en movimiento. La cabeza repasa conversaciones, imagina escenarios y busca soluciones para asuntos que quizá ni siquiera puedan resolverse esa noche. La velocidad deja de ser solamente una exigencia externa y se convierte en una forma de estar.
Una carrera ejecutiva suele reforzar ese comportamiento. Aprendemos a responder rápido, decidir con información incompleta, administrar varias preocupaciones al mismo tiempo y seguir adelante incluso cuando el día se aparta completamente de lo que habíamos planeado. Esa capacidad es necesaria y, en muchos momentos, valiosa. El problema aparece cuando ya no sabemos salir de ella.
Incluso los días que deberían ser tranquilos pueden terminar dominados por una sensación de urgencia. Y los problemas familiares, personales o emocionales no respetan la frontera de la agenda profesional. Entran en el mismo espacio mental donde ya viven los plazos, las decisiones y las responsabilidades.
Aquel viernes, mi dificultad no era solamente que habían ocurrido varias cosas. Era que yo ya no conseguía disminuir la velocidad con la que las estaba viviendo.
El vino no acepta demasiada prisa
Quizá por eso el vino ocupa un lugar tan particular en mi vida. No solamente por el sabor, las etiquetas o las historias que cada botella puede guardar, sino porque existe algo en su ritual que se resiste a la aceleración.
Elegir una botella, abrirla, servir la primera copa y observar cómo cambia con el tiempo son gestos sencillos, pero incompatibles con la lógica de hacer todo lo más rápido posible. Algunas botellas piden decantación. Otras necesitan apenas unos minutos en la copa. Muchas revelan aromas y sabores distintos a medida que avanza la conversación.
Es posible beber vino con prisa, por supuesto. Pero hacerlo así significa perder buena parte de lo que lo vuelve especial.
En una parte importante de mi día, la velocidad representa eficiencia. Responder antes, concluir una tarea, llegar a una decisión y resolver una dificultad son señales de avance. Con el vino ocurre algo diferente: intentar acelerar la experiencia puede empobrecerla. No existe un atajo que sustituya el tiempo.
La propia espera forma parte del placer. Está en la botella guardada en la cava, en aquella compra que hacemos durante un viaje y en la decisión de conservar un vino hasta que aparezca el momento adecuado. Ya había escrito sobre eso en “Angélica Zapata: las botellas que siempre encuentran espacio en mi maleta”. Buscar las botellas, traerlas a casa y verlas esperando también es una manera de conservar conversaciones que todavía no sucedieron.
Aquella noche, las dos botellas apenas habían comenzado su historia fuera de Argentina. Habían viajado conmigo pocos días antes y ya estaban formando parte de un momento que yo no podía haber previsto cuando las elegí.
No las abrimos porque hubiera llegado una gran ocasión. Las abrimos precisamente porque no necesitábamos una.
Una pausa que no estaba en la agenda
Hace algunos días escribí en “Entre la primera taza y la última copa” que el café puede preparar nuestra atención para lo que viene, mientras el vino puede ayudarnos a salir del día con menos prisa. Aquella reflexión había nacido de una mañana de trabajo en Buenos Aires, mientras esperaba una reunión importante en una cafetería encontrada casi por casualidad.
Este viernes me mostró otra parte de esa misma idea.
El vino no apareció al final de un buen día para acompañar una cena tranquila. Apareció al final de un día que yo quería dejar atrás. No sirvió solamente para marcar la transición entre el trabajo y el descanso, sino para interrumpir una aceleración que ya había dejado de ayudarme.
No fue únicamente el vino lo que transformó la noche. Fue el ritual completo: invitar, recibir una respuesta, preparar algo sencillo para comer, abrir las botellas, sentarnos juntos y permitir que la conversación encontrara su propio ritmo.
El vino fue importante, pero no estuvo solo. Formaba parte de una pequeña construcción colectiva del tiempo.
Había asuntos que continuaban sin solución. También existía una tensión que una copa no podía ni debía resolver. Pero la noche se volvió más suave. El peso no desapareció, aunque dejó de ocupar todo el espacio. En lugar de terminar el día encerrado en mis propios pensamientos, pude compartir una mesa, conversar y dejar que las horas avanzaran sin exigirles una respuesta inmediata.
A veces desacelerar no significa alcanzar serenidad. Significa apenas dejar de aumentar la tensión.
Conversar sin llegar a ninguna conclusión
Buena parte de nuestras conversaciones adultas parece necesitar un objetivo. Nos reunimos para tomar una decisión, resolver un problema, revisar un pendiente o definir qué sucederá después. Incluso en los encuentros personales podemos caer en la tentación de buscar explicaciones, ofrecer consejos y construir conclusiones.
Aquella noche no queríamos nada de eso.
Conversamos mucho, pero sin la expectativa de resolver los tropiezos del día. No intentamos encontrar una respuesta para cada preocupación ni convertir la mesa en una sesión de mediación. Hablamos de distintas cosas, dejamos que algunos temas aparecieran y desaparecieran, recordamos historias y nos reímos.
Tal vez jogar conversa fora exprese algo que resulta difícil traducir literalmente. No significa desperdiciar la conversación. Significa liberarla de la obligación de producir algo. Hablar por el placer de estar juntos, permitir que un asunto lleve a otro y aceptar que una buena noche no necesita terminar con una conclusión.
En una vida guiada por objetivos, indicadores y decisiones, conversar sin propósito aparente puede ser una forma muy concreta de recuperar presencia. No todo tiempo compartido necesita demostrar su utilidad.
Algunas conversaciones no solucionan el problema. Solo evitan que tengamos que cargarlo solos durante unas horas.
No todo ritual necesita una ocasión
Durante mucho tiempo asociamos el buen vino con celebraciones, fechas especiales, restaurantes o momentos que merecen ser recordados. Todo eso continúa siendo parte de su encanto. Pero cada vez valoro más las botellas que se abren sin una gran justificación.
Una noche común también puede necesitar cuidado. Un día difícil puede merecer un cierre diferente. Una conversación que no resolverá todo puede ser exactamente la conversación que necesitamos tener.
El mensaje de aquella mañana decía “sin ocasión especial, sin compromiso”. Ahora me parece que esas palabras contenían más de lo que yo mismo comprendía cuando las escribí. No estaba proponiendo una celebración. Estaba creando una posibilidad de encuentro.
La espontaneidad también redujo las expectativas. Nadie necesitaba preparar una cena perfecta ni fingir que todo estaba bien. Bastaban algunos quesos, salame, dos vinos recién llegados de Argentina y la disposición de pasar un tiempo juntos.
Eso no significa convertir el vino en una respuesta para la angustia ni romantizar la bebida como solución para los problemas. El vino no reemplaza una conversación necesaria, no corrige una relación y no elimina aquello que deberá ser enfrentado después. Su valor, por lo menos para mí, está en otra parte: puede ayudar a crear el tiempo y el ambiente en los que dejamos de reaccionar durante algunas horas.
El ritual no nos aleja necesariamente de la realidad. A veces permite regresar a ella a un ritmo más humano.
Sostener una carrera también exige saber salir del ritmo
Cuando pensamos en cómo sostener una carrera larga, solemos hablar de disciplina, actualización, productividad, capacidad de adaptación y disposición para enfrentar cambios. Hablamos menos de los rituales que nos ayudan a continuar sin vivir permanentemente acelerados.
Quizá porque desacelerar parece lo contrario de avanzar.
Sin embargo, después de muchos años de responsabilidades y decisiones, empiezo a pensar que una carrera no se sostiene solamente por la capacidad de mantener el ritmo. También depende de reconocer cuándo ese ritmo está cobrando demasiado y de encontrar formas personales de regresar.
Para algunas personas será una caminata, la música, cocinar, leer o permanecer algunos minutos en silencio. Para mí, el vino se convirtió en uno de esos caminos. No como una técnica de productividad ni como una recompensa por haber sobrevivido al día, sino como un ritual que me recuerda que no todo necesita ser resuelto inmediatamente.
En “El poder de pausar” escribí que una pausa puede ayudarnos a recuperar perspectiva antes de continuar. Ahora añadiría que algunas pausas necesitan también una mesa, personas queridas y algo que nos obligue a respetar el tiempo.
El vino no me hizo olvidar aquel viernes. Tampoco resolvió los tropiezos que lo habían vuelto difícil. Lo que hizo fue cambiar la forma en que lo terminamos.
Una noche menos pesada
Al recordar aquella noche, no pienso solamente en el Angélica Zapata Merlot 2020 o en el D.V. Catena Malbec 2024, aunque me guste que hayan encontrado tan pronto su momento después del viaje. Pienso principalmente en el mensaje enviado por la mañana, en las respuestas, en la comida sencilla y en tres personas que decidieron pasar un tiempo juntas aunque el día y las relaciones no estuvieran en su mejor momento.
Pienso también en cómo me sentía antes y después. Continuaba cansado y algunas preocupaciones seguían presentes, pero ya no estaba tan acelerado. La noche se había vuelto menos dura, menos tensa y un poco más habitable.
Tal vez eso sea lo que busco cuando abro una botella al final de ciertos días. No una fuga, ni una solución, ni siquiera una celebración. Busco una transición. Un modo de decirle al cuerpo y a la cabeza que ya no necesitan continuar corriendo.
Aquella noche fue nuestro pequeño sextou. No porque todo estuviera bien, sino porque conseguimos crear un espacio en el que no era necesario resolverlo todo.
Algunos viernes terminan con una celebración. Otros apenas necesitan terminar un poco menos pesados.
Y, a veces, dos botellas, algunos quesos, salame, muchas conversaciones y unas buenas risas son suficientes para comenzar a desacelerar.