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Entre la primera taza y la última copa

Tiempo de lectura3 min
En dos líneas

El café puede ayudarnos a entrar en un día exigente con más atención; el vino, a salir de él con menos prisa. Entre ambos existe una invitación a reconocer los momentos cotidianos que nos ayudan a comenzar, cerrar y continuar.

Una taza y una jarra de café reciben la luz azul de la mañana mientras una copa de vino acompaña la luz cálida del final del día
Dos rituales cotidianos ocupan extremos distintos del día: el café prepara la atención; el vino abre espacio para desacelerar y comprender.
Rituales que ordenan el día El café prepara la atención para lo que viene. El vino devuelve el tiempo necesario para comprender lo que pasó.

Entre la primera taza y la última copa caben el trabajo, las decisiones y las pausas que nos ayudan a continuar.

Hoy por la mañana me desperté más temprano de lo habitual. Quería llegar con anticipación a la dirección de nuestra nueva oficina en Buenos Aires, buscar un café cerca y esperar allí hasta la primera reunión con los arquitectos y el equipo responsable de la obra.

Fue una buena sorpresa encontrar Flat&White prácticamente al lado.

El espacio de la oficina ya había sido elegido y también habíamos definido cómo queríamos que fuera. Sin embargo, entre un proyecto diseñado y una oficina funcionando existe un camino lleno de decisiones, expectativas y cierta ansiedad para que todo salga bien.

Pedí un café y me senté a esperar. No fue solamente una forma de despertarme. El cuidado con el que fue preparado y servido me hizo disminuir un poco el ritmo antes de entrar en un día de seguimiento, conversaciones y decisiones.

Taza marrón y jarra de café filtrado sobre una mesa en Flat and White, Buenos Aires
El café de esta mañana en Flat&White, a pocos pasos de la nueva oficina en Buenos Aires.

Mientras lo tomaba, pensé que algo parecido me sucede con el vino, aunque aparezca en el otro extremo del día.

El café suele estar al comienzo. Acompaña las primeras ideas, organiza los pensamientos y nos prepara para lo que vendrá. El vino suele llegar al final, con una buena cena y una buena conversación. A veces también acompaña ese wrap-up personal que hacemos para guardar las cosas buenas, entender lo que quedó pendiente y ordenar la cabeza antes de comenzar nuevamente al día siguiente.

Uno despierta. El otro desacelera.

Cuando existe calidad y cuidado, ambos nos invitan a prestar atención. Importan el origen, el proceso y las manos que participaron, pero también dónde estamos, con quién compartimos el momento y qué historia estamos viviendo.

No se trata de dominar un vocabulario especializado ni de transformar algo sencillo en un ritual pretencioso. Se trata de permitir que una experiencia cotidiana deje de pasar inadvertida.

Aquella primera taza abrió un día de trabajo marcado por la expectativa de ver cómo un proyecto comenzaba a tomar forma. Al final de otros días, una copa de vino me ha ayudado a cerrar el ciclo, conservar lo bueno y recuperar la claridad necesaria para seguir entregando y funcionando al día siguiente.

Entre la primera taza y la última copa transcurre casi todo: trabajo, decisiones, ansiedad, encuentros, alegrías, cansancio y aprendizaje.

Rituales cotidianos Tal vez por eso no bebemos solamente café o vino. Bebemos momentos.

Y algunos, cuando les prestamos suficiente atención, nos ayudan a comenzar, cerrar y continuar.

La conversación continúa

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