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El café de las diez que ya no existe

Tiempo de lectura4 min
En dos líneas

Una semana de cafés sin agenda me recordó por qué la presencia con propósito sigue construyendo cultura y confianza. En el trabajo híbrido, coincidir dejó de ser una certeza y cada encuentro necesita abrir espacio para aquello que ninguna reunión habría conseguido prever.

Tres colegas conversan durante un café informal en el área renovada de una oficina en Ciudad de México, junto a una pared de azulejos naranjas
Los espacios pueden favorecer los encuentros. La confianza aparece cuando las personas los ocupan de verdad.
Presencia con propósito Ninguna de esas conversaciones estaba en mi agenda. Y probablemente fueron las más importantes de la semana.

Una semana de cafés sin agenda me recordó algo que el trabajo híbrido, sin proponérselo, fue apagando: la información y la confianza que circulan cuando no hay un orden del día detrás.

Durante una semana fui todos los días a la oficina en Ciudad de México. No fue una decisión especial ni un experimento para medir las ventajas del trabajo presencial. Simplemente coincidió así. Pero el resultado sí fue especial: recibimos a muchas personas y, entre una reunión y otra, aparecieron varios cafés de las diez con gente que no veía desde hacía tiempo.

Ninguna de esas conversaciones estaba en mi agenda. Y probablemente fueron las más importantes de la semana.

No hablamos de proyectos ni de métricas. Hablamos de la vida, de lo que había cambiado y de cosas que casi nunca encuentran espacio en una videollamada programada. Volví a notar algo que el trabajo híbrido, sin proponérselo, fue apagando: la información y la confianza que circulan cuando no hay un orden del día detrás.

En una pantalla solemos llegar con un propósito definido. Entramos, resolvemos lo previsto y salimos. Eso hace que muchas conversaciones sean más eficientes, pero también reduce las posibilidades de descubrir aquello que nadie había pensado incluir en la convocatoria. Un comentario dicho mientras se prepara el café puede explicar una preocupación que no aparecería en una reunión. Una pregunta espontánea puede recuperar una relación que la distancia había vuelto demasiado funcional.

No es una defensa de volver a la oficina todos los días. La flexibilidad cambió positivamente nuestra forma de trabajar y nos dio opciones que antes parecían imposibles. Pero también sería ingenuo pensar que toda conexión humana tiene un equivalente digital. Cara a cara, una pausa puede decir tanto como una frase; un silencio puede mostrar que alguien necesita ser escuchado, y una conversación que empieza sin pretensiones puede terminar construyendo confianza.

El espacio puede facilitar, pero no crear

La semana también me permitió mirar la reforma de nuestra oficina de otra manera. Los espacios abiertos, la nueva área de café, la barra junto a las ventanas, la mesa redonda y la pared de azulejos naranjas fueron pensados para favorecer encuentros. Son una continuación concreta de una idea sobre la que ya escribí al hablar de la verdadera integración entre las personas: el espacio puede facilitar la proximidad, pero no puede producirla por sí solo.

Ninguna arquitectura crea cultura automáticamente. La cultura aparece cuando las personas ocupan el lugar, se detienen, conversan y se permiten escuchar sin mirar el reloj. Una mesa sigue siendo apenas una mesa hasta que alguien se sienta al lado de otra persona y pregunta, con interés genuino, cómo está.

Cuando coincidir dejó de ser una certeza

Tal vez el café de las diez no haya desaparecido por completo. Lo que desapareció fue la certeza de que sucedería solo. Cuando dejamos de coincidir todos los días, también dejamos de contar con la repetición que hacía naturales esos pequeños encuentros. En un modelo híbrido, estar juntos con menos frecuencia da más valor a cada oportunidad, pero también exige intención para que ella no se limite a una sucesión de reuniones presenciales que podrían haber sido videollamadas.

Eso es, para mí, la presencia con propósito: no estar por estar ni controlar quién ocupó una silla. Es aprovechar la coincidencia física para escuchar, conversar y construir confianza. Es dejar algún espacio entre compromisos para aquello que no puede ser previsto. Es entender que, algunas veces, la parte más valiosa de ir a la oficina comienza precisamente cuando termina la agenda.

Un café sin agenda a veces revela más que una reunión con orden del día.
Lo que construye cultura La oficina no crea confianza por sí sola. Pero puede ofrecer el lugar donde una conversación inesperada vuelva a acercar a dos personas.

En el trabajo híbrido, la presencia gana sentido cuando deja espacio para aquello que ninguna agenda habría conseguido prever.

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