Luciano Santos publicó una comparación que me pareció muy acertada: imaginemos a alguien que, en 2005, seguía haciendo cálculos con una calculadora y enviando documentos por fax mientras sus compañeros ya trabajaban con Excel y correo electrónico. Su provocación es sencilla: ¿estamos haciendo algo parecido al resistirnos a incorporar la inteligencia artificial al trabajo?
Estoy de acuerdo. Y la comparación me llevó todavía más atrás.
Soy de una generación que vivió la prohibición de usar calculadoras en la escuela. Recuerdo que uno de los argumentos era que pocos tenían acceso a ellas y permitirlas sería injusto para quienes no podían tener una. La preocupación era comprensible: no todos partíamos de las mismas condiciones.
Hoy tampoco todos tenemos las mismas oportunidades. Pero, para quienes contamos con conexión, herramientas y posibilidades de aprender, hay una diferencia importante entre no poder acceder y no querer experimentar. Existen opciones gratuitas y materiales para comenzar. No hace falta dominar todo ni contratar la herramienta más sofisticada para dar el primer paso.
En el trabajo, por supuesto, debemos respetar la confidencialidad, utilizar herramientas autorizadas y revisar los resultados. Eso exige criterio, no inmovilidad. Podemos empezar con una tarea concreta, comprobar si la IA realmente ayuda y aprender a reconocer también dónde se equivoca.
Lo que me preocupa no es que alguien todavía no sepa usarla. Todos estamos aprendiendo. Es convertir el “siempre lo hice así” en una razón suficiente para no probar otra manera.
La experiencia sigue siendo valiosa. Precisamente por eso, vale la pena ponerla a trabajar con herramientas nuevas, en lugar de utilizarla como argumento para evitarlas.
