La mesa puede ser excelente y la ciudad fascinante. Aun así, las palomitas en casa contienen una intimidad que ningún menú consigue reproducir.
El restaurante puede ser excelente. La comida, impecable. El lugar, uno de esos que normalmente recomendaría después a alguien. No hay nada malo con la mesa, con el servicio ni con la ciudad. Y, aun así, mientras estoy allí, una parte de mí preferiría estar en casa.
No es tristeza. Tampoco es una queja sobre los viajes de trabajo. Viajar continúa siendo una parte importante de mi vida profesional y todavía disfruto conocer lugares, probar restaurantes y volver a ciudades que ya forman parte de mi historia. Lo que cambió no fue necesariamente la experiencia. Cambió el valor que le doy a cada cosa.
Cuando viajar también era una forma de identidad
Durante mucho tiempo, viajar fue también una forma de identidad. Me gustaba hablar de las ciudades que conocía, de las millas acumuladas, de los hoteles, los vuelos y las pequeñas aventuras que cabían entre una reunión y otra. Llegar a un lugar diferente despertaba curiosidad. Había cierto orgullo en vivir en movimiento y en saber desenvolverme lejos de casa.
Ese entusiasmo no era artificial. Era verdadero. Solo que hoy convive con otra verdad.
La experiencia no necesariamente cambió. Cambió el valor que le doy a cada cosa.
Después de terminar el trabajo del día, ya no siempre siento la necesidad de aprovechar cada hora disponible. A veces prefiero regresar al hotel, leer, escribir o simplemente no hacer nada. Otras veces salgo a cenar y disfruto genuinamente la comida, pero sé que ni el mejor restaurante consigue reproducir aquello que estoy extrañando.
Lo que ningún menú puede poner sobre la mesa
Una cena extraordinaria puede ofrecer técnica, ambiente, atención y sorpresa. Las palomitas en casa quizá no tengan nada de extraordinario. Pero tienen presencia, intimidad y la tranquilidad de no necesitar que el momento se convierta en una experiencia memorable.
Tienen a las personas que uno ama. Tienen las conversaciones sin hora marcada, los silencios que no incomodan y los pequeños rituales que solo adquieren importancia después de repetirse muchas veces. En mi caso, tienen también a Bebê, nuestro gato, que se convirtió en parte de esa sensación de hogar y de la saudade que aparece cuando estoy lejos.
Algo de esto tiene que ver con la edad. Con los años, la novedad deja de competir en igualdad de condiciones con lo que construimos. También aprendemos a reconocer el valor de las cosas pequeñas: una noche tranquila, el cariño cotidiano, una casa conocida, la posibilidad de estar juntos sin que sea necesario hacer algo especial.
Eso no significa que trabajar sea malo y quedarse en casa sea bueno. Tampoco convierte el viaje en sacrificio ni la habitación del hotel en símbolo de soledad. Sería una oposición demasiado fácil para una experiencia mucho más compleja.
El trabajo puede haber justificado el viaje. La reunión puede haber sido productiva. La ciudad puede continuar siendo fascinante y el restaurante puede merecer todos los elogios. Aun así, es posible desear estar en casa. Una cosa no invalida la otra.
El momento en que la agenda queda vacía
Hace algún tiempo escribí que un buen viaje de trabajo comienza antes de salir de casa. Hablaba de preparación, logística y de todo aquello que permite que el desplazamiento cumpla su propósito. Hoy percibo que existe otra parte del oficio sobre la cual se habla menos: lo que sucede cuando termina el trabajo, la agenda queda vacía y todavía faltan algunas horas para dormir.
Tal vez sea en ese momento cuando percibimos con mayor claridad el lugar al que pertenecemos.
Mi yo de antes encontraba en el viaje una confirmación de que la vida era amplia, interesante y llena de posibilidades. Mi yo de hoy continúa viendo todo eso, pero ya sabe que la amplitud no se mide solamente por la cantidad de lugares que conocemos.
A veces, la amplitud de la vida también se mide por las ganas de volver.
Representan la vida que construimos y que, incluso cuando estamos lejos por pocos días, ya comenzamos a extrañar.