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Sergio MoriloUn archivo personal
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Lo que ocurre afuera también decide el futuro del negocio

En dos líneas

Una buena operación también depende de condiciones que no controla. Una reflexión sobre cambios del entorno, responsabilidades compartidas y decisiones que conviene revisar mientras todavía existen alternativas.

Ilustración de una cafetería abierta junto a una calle en obras cuyos recorridos se desvían, mientras su encargado observa desde la entrada.
Una operación bien cuidada también depende de lo que cambia a su alrededor. Ilustración conceptual creada con IA.

En San Diego me llamó la atención un Starbucks de la Cuarta Avenida que había cerrado. Desde mi perspectiva, estaba en un punto excelente. Uno de esos lugares donde cuesta imaginar que una marca conocida no encuentre razones para quedarse.

En la zona también observé una presencia importante de personas en situación de calle y otros comercios que habían cerrado. Mi primera reacción fue relacionar esas imágenes.

No conozco las razones específicas de la decisión de Starbucks. Pueden intervenir el alquiler, la rentabilidad, los hábitos de consumo o una revisión de su red de establecimientos. Lo que vi no alcanza para atribuir el cierre a una sola causa.

Pero sí me dejó una pregunta: ¿cuánto depende la continuidad de un negocio de condiciones que nadie dentro de ese negocio puede resolver por su cuenta?

Podemos tener una buena ubicación, un producto reconocido y un equipo que cumple. También necesitamos que el entorno siga ofreciendo condiciones para que todo eso tenga sentido.

Una buena ubicación depende de lo que sucede alrededor

Cuando evaluamos un local, solemos mirar el tránsito de personas, la accesibilidad, el alquiler y la cercanía de posibles clientes. Esa evaluación describe un lugar en un momento determinado.

Después, la ciudad continúa cambiando.

Pueden modificarse los recorridos, los horarios y las razones por las que las personas visitan una zona. Una obra prolongada puede dificultar el acceso. El cierre de oficinas cercanas puede reducir la demanda. Problemas de convivencia, limpieza o seguridad pueden cambiar la experiencia de quienes trabajan o compran allí.

Una dirección puede seguir siendo la misma y ofrecer condiciones muy distintas.

Desde dentro, la reacción puede ser insistir en aquello que sabemos gestionar: promociones, atención, productividad, costos. Son respuestas necesarias, pero tienen un límite cuando el problema que intentamos compensar se está produciendo fuera del establecimiento.

Me interesa ese límite porque es fácil exigirle más a la operación sin revisar si las condiciones que justificaban el negocio siguen presentes.

Los problemas públicos también llegan a la operación

La situación de las personas que viven en la calle merece atención por ellas mismas: por su dignidad, sus necesidades y la posibilidad de acceder a una vida más estable. Reducirla a su efecto sobre los comercios dejaría fuera lo más importante.

Al mismo tiempo, una situación social sin una respuesta suficiente puede tener consecuencias para residentes, trabajadores y negocios. Reconocer esas consecuencias permite discutir responsabilidades concretas.

En San Diego existen programas municipales de atención en calle y vinculación con servicios. Por eso, la pregunta no puede quedarse en si hay programas. También importa su alcance, su continuidad y su capacidad para responder a las necesidades existentes. Una observación durante un viaje no permite evaluar todo eso.

Lo que sí podemos reconocer es que una cafetería no tiene los instrumentos para resolver por sí sola un problema de vivienda, atención social o salud pública. Puede cuidar el trato, establecer reglas de convivencia, proteger a su equipo y colaborar con organizaciones. Pero necesita una respuesta que la excede.

Cuando esa respuesta resulta insuficiente, parte de las consecuencias termina siendo administrada por personas que no tienen autoridad ni recursos para resolver la causa.

Un encargado enfrenta situaciones para las que quizá no fue preparado. Un trabajador tiene que manejar un conflicto mientras intenta cumplir su función. Un pequeño comerciante absorbe costos que difícilmente podrá trasladar al precio.

Que un problema esté fuera de nuestro control no significa que sus consecuencias vayan a quedarse fuera del negocio.

Las decisiones lejanas también cruzan la puerta

Algo parecido ocurre con factores que parecen mucho más distantes que la calle donde está un local.

Ya lo planteé en El riesgo de depender de pocos: una tensión comercial puede llegar a una empresa a través de sus proveedores o clientes, aunque esa empresa no participe directamente del conflicto.

Un cambio arancelario puede alterar el costo de un insumo. Una variación del tipo de cambio puede modificar un compromiso que parecía manejable. La incertidumbre puede llevar a un cliente a posponer una inversión y, con ella, una venta que considerábamos próxima.

No todos esos cambios tienen el mismo origen ni requieren la misma respuesta. Precisamente por eso conviene entender cómo nos afectan, en lugar de reunirlos bajo una explicación demasiado amplia sobre “la situación del país”.

Para quien administra una empresa, seguir el entorno debería ayudar a formular preguntas concretas. ¿Qué costo podría cambiar? ¿Qué cliente está expuesto? ¿Qué decisión depende de una condición que dábamos por estable? ¿Qué alternativa tenemos si esa condición deja de cumplirse?

No necesito convertir cada noticia en una posición partidista. Sí necesito reconocer cuándo modifica los supuestos con los que estoy trabajando.

Acostumbrarnos también puede salir caro

Hay cambios que llegan de golpe. Otros se incorporan lentamente a la rutina.

Una dificultad que parecía temporal dura algunos meses. Después exige un gasto adicional. Más adelante obliga a modificar horarios o a dedicar tiempo a resolver situaciones que antes eran excepcionales.

El equipo aprende a convivir con todo eso. La operación continúa y esa continuidad puede producir una tranquilidad engañosa.

La metáfora del sapo en el agua que se calienta expresa esa adaptación gradual. Me interesa como imagen de lo que hacemos cuando cada ajuste parece pequeño, aunque el conjunto haya cambiado profundamente.

Un mes con menos ventas puede explicarse. Un costo adicional puede absorberse. Una dificultad de acceso puede compensarse. Pero necesitamos detenernos a mirar qué ocurre cuando todas esas condiciones permanecen juntas.

A veces llamamos resiliencia a una capacidad admirable de adaptación. Otras veces usamos la misma palabra para prolongar una situación cuya viabilidad ya no estamos revisando.

Seguir funcionando no responde, por sí solo, a la pregunta de si conviene seguir de la misma manera.

Revisar antes de quedarnos sin alternativas

Recuerdo una idea que escuché de Laércio Cosentino y que conservo en su formulación en portugués: “O menor prejuízo é o primeiro”.

No la entiendo como una invitación a abandonar ante la primera dificultad. La entiendo como una advertencia sobre lo que puede costar aplazar una decisión que ya necesita ser tomada.

Esperamos recuperar lo invertido. Queremos demostrar que la elección original fue correcta. Confiamos en que el entorno vuelva a ser el que conocimos.

Mientras tanto, podemos seguir comprometiendo recursos y reducir las alternativas disponibles.

La respuesta tampoco tiene que ser siempre cerrar o salir. Puede consistir en renegociar condiciones, modificar el formato, cambiar de ubicación, reducir una exposición o desarrollar otra fuente de ingresos.

Para distinguir entre esas opciones hace falta algo más que preocupación. Necesitamos observar señales, contrastar explicaciones y acordar cuándo volveremos a decidir.

En un comercio, eso puede incluir la evolución de las visitas, los costos adicionales y las dificultades que reporta el equipo. En otra empresa, pueden importar la concentración de clientes, los plazos de cobro o la dependencia de un insumo importado.

Lo decisivo es conectar esa información con una acción posible. Si una condición empeora, ¿qué revisaremos? ¿Quién lo hará? ¿Cuánto tiempo podemos esperar sin comprometer la continuidad?

Revisar a tiempo una decisión también es una forma de cuidar lo que todavía podemos preservar.

Participar sin asumir que podemos resolverlo todo

Mirar hacia afuera no debería convertirse en una manera de justificar cualquier mal resultado. Una empresa sigue siendo responsable de su gestión, de cómo trata a las personas y de las decisiones que sí puede tomar.

También puede participar en respuestas compartidas: documentar problemas, colaborar con organizaciones, coordinarse con otros negocios y solicitar actuaciones concretas a las autoridades.

Esa participación tiene más posibilidades de aportar cuando describe lo que ocurre y sus consecuencias. Una queja general puede expresar frustración. Una conversación con evidencia puede ayudar a identificar qué intervención hace falta y quién tiene capacidad para realizarla.

Al mismo tiempo, colaborar no obliga a sostener indefinidamente una operación inviable. Hay decisiones que deben tomarse mientras una solución más amplia todavía está en construcción.

Mantener abiertas ambas conversaciones, la colectiva y la propia, me parece parte de una gestión responsable.

La puerta no separa al negocio de su entorno

No sé qué terminó definiendo el cierre de aquel Starbucks. No quisiera convertir una impresión de viaje en una explicación que no puedo demostrar.

Sí sé qué pregunta me dejó: cuánto seguimos confiando en una buena decisión del pasado sin revisar las condiciones que la hacían buena.

Una ubicación, un mercado o una relación comercial pueden haber tenido todo el sentido cuando los elegimos. Reconocer que algo cambió no invalida necesariamente aquella elección. Nos obliga a volver a pensarla.

Dentro del negocio podemos mejorar muchas cosas. También necesitamos levantar la vista y entender qué está ocurriendo alrededor.

Porque quizá la próxima decisión importante no empiece al revisar cómo estamos trabajando, sino al reconocer que el lugar donde ese trabajo tenía sentido ya cambió.