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Sergio MoriloUn archivo personal
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Aloha, Honolulu: un lugar al que todavía quiero volver

En dos líneas

Una canción, cinco fotografías y los recuerdos de dos viajes a Honolulu: la música, los paisajes y los sabores de un lugar al que todavía quiero volver.

Vista de Hanauma Bay, con playa curva, palmeras y aguas turquesas rodeadas de laderas.
Hanauma Bay: la curva de la playa y los tonos del agua en una fotografía de aquellos viajes.

Hay una canción que todavía me devuelve a Honolulu. Cuando escucho Hawaiian Roller Coaster Ride, vuelven las imágenes de aquellos viajes y también las lágrimas. Han pasado años, pero la emoción sigue ahí. Me basta escucharla para recordar cuánto me gustó estar en ese lugar y cuánto quiero volver.

Todo empezó con Lilo & Stitch. La película despertó mis ganas de conocer Hawái, y un día hice el viaje. Así de sencilla fue la primera motivación: había visto aquel mundo en una película animada y quería conocerlo.

Llegué con esa ilusión y regresé encantado. Tanto, que traje varios discos de música hawaiana. Todavía recuerdo esos CDs como una parte muy concreta del viaje: además de las fotografías, me llevé música para seguir escuchando después.

Un lugar distinto de lo que imaginaba

Honolulu no se parecía a la imagen que yo tenía de Estados Unidos. Todo me resultaba diferente, incluso la presencia de otra lengua. Era una impresión personal, la de alguien que llegaba con ciertas referencias y encontraba un lugar que no encajaba del todo en ellas.

Dos palabras forman parte de ese recuerdo: aloha, el saludo que tanto se escucha allí, y mahalo, gracias. Al recordarlas, también vuelve esa sensación de bienvenida que acompañó mis visitas.

Había paisajes increíbles, buenos hoteles y muchas opciones para comer, pasear y divertirse. Recuerdo también la amabilidad y la buena atención que recibí. Esa combinación hizo que disfrutara mucho la estancia: la belleza de lo que veía y la comodidad de sentirme bien recibido.

Un autobús turístico rojo y amarillo circula por una calle de Honolulu junto a una acera con palmeras.
Palmeras y un autobús turístico en las calles de Honolulu.

Las fotografías conservan distintas partes de esa experiencia. Están las calles, las palmeras y el transporte turístico, pero también los paseos por la isla. Hanauma Bay, con la curva de su playa y los colores del agua. Mokoliʻi, recortada frente a la costa. Al mirar esas imágenes, entiendo por qué me quedé con tantas ganas de regresar.

La isla de Mokoliʻi frente a la costa de Oʻahu, con palmeras y mar azul en primer plano.
Mokoliʻi, también conocida como Chinaman’s Hat, frente a la costa de Oʻahu.

La música, los sabores y una segunda visita

Mientras intento ordenar estos recuerdos, aparecen otros. Las macadamias. El café. La piña de Dole Plantation. Empiezo pensando en una canción y termino recordando sabores y lugares que no tenía tan presentes hasta sentarme a escribir.

Las macadamias tienen una historia especial: las probé por primera vez allí, en un lugar que las vendía y que me gustó mucho. Todavía vivía en Brasil y no las encontraba donde vivía. Aquella visita fue también el descubrimiento de un sabor nuevo.

Conservo una fotografía de ese lugar: el agua al fondo, las palmeras y las ramas de un árbol enorme extendidas sobre el paisaje. Al verla, recuerdo tanto el sitio como esa primera vez probando macadamias.

Un árbol de ramas extendidas y varias palmeras junto al agua, en el lugar donde probé macadamias.
El lugar donde probé macadamias por primera vez, durante aquellos viajes a Hawái.

Entre las fotos también está la presentación con fuego de un luau en un hotel de Waikiki. Es otro registro de aquellos días, junto a las playas y los paisajes. Me gusta conservar esa variedad: lo que recuerdo de Honolulu incluye tanto la belleza del entorno como las posibilidades de disfrutarlo.

Artistas sostienen antorchas encendidas ante el público durante una presentación nocturna en Waikiki.
Una presentación con fuego durante un luau en un hotel de Waikiki.

La segunda vez volví para reencontrarme con todo eso. Ya conocía el destino y sabía cuánto me había gustado estar allí. La curiosidad que me despertó una película se había convertido en ganas de regresar a un lugar que ya significaba algo para mí.

Las ganas de volver siguen aquí

Ha pasado demasiado tiempo como para recomendar los hoteles o restaurantes de entonces. Prefiero dejar estas fotografías y recuerdos como testimonio de aquellas visitas. Lo que puedo contar con certeza es lo que significaron para mí.

Volver requiere organizarse. La distancia, los vuelos y el costo hacen que no sea una escapada sencilla. Es uno de esos viajes que siguen pendientes aunque las ganas nunca hayan desaparecido.

Al escribirlo, me doy cuenta de que todavía me emociona mucho. Recuerdo la película que me llevó hasta allí, los discos que traje, los sabores que van apareciendo y la alegría de haber regresado una segunda vez. Son recuerdos de dos viajes que, aun después de tantos años, siguen muy cerca.

Por eso, cuando suena Hawaiian Roller Coaster Ride, vuelvo a pensar en Honolulu.

Y siento que necesito vivir eso otra vez.