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Sergio MoriloUn archivo personal
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El anillo de Giges: ¿qué hacemos cuando nadie nos ve?

En dos líneas

El anillo de Giges abre una pregunta sobre el poder de observar y decidir sin ser cuestionados. Una reflexión sobre información, límites y responsabilidad que también incluye a quien lidera.

Ilustración de una figura de espaldas en la sombra frente a varias ventanas iluminadas donde se ven personas trabajando.
Quien observa también necesita responder por lo que hace con esa mirada. Ilustración creada con IA.

Hace algún tiempo, en un curso de ética, apareció una pregunta: ¿qué harías si nadie pudiera ver lo que estás haciendo?

La acompañaba otra, quizá más difícil de responder con honestidad: ¿te gustaría tener ese poder?

El punto de partida era el anillo de Giges. En el relato presentado por Glaucón en el libro II de La República, de Platón, un pastor encuentra un anillo que le permite volverse invisible. Al descubrir su poder, lo utiliza para llegar hasta la corte, conspirar contra el rey y apropiarse del reino. Glaucón plantea el desafío de imaginar qué harían una persona justa y una injusta si ambas pudieran actuar sin ser descubiertas. Es una provocación dentro del diálogo, no una demostración de que todos actuaríamos de la misma manera. La República, libro II.

La historia permite examinar cuánto de nuestra conducta depende de nuestras convicciones y cuánto de saber que alguien puede descubrirnos, juzgarnos o pedirnos cuentas.

Al volver sobre ella, me interesa menos imaginar grandes transgresiones que reconocer situaciones mucho más cercanas. Momentos en los que tenemos información, acceso o autoridad que otra persona no tiene. Y en los que podríamos utilizar esa ventaja sin que nadie llegara a preguntarnos por qué.

Una invisibilidad que no necesita magia

En una organización, alguien puede ser perfectamente visible y, aun así, quedar fuera de una revisión real. Su nombre aparece en las decisiones, participa en las reuniones y tiene un cargo conocido. Pero cuestionarlo resulta tan difícil que sus actos apenas encuentran resistencia.

La distancia jerárquica, la protección de alguien con más poder o la falta de un canal confiable pueden producir esa situación. Las personas ven lo que ocurre, pero no encuentran una manera segura de intervenir.

Esa es una forma de invisibilidad que me parece especialmente relevante: la que permite actuar a la vista de todos sin tener que responder realmente ante ellos.

También podemos pensar en el anonimato en internet, aunque conviene distinguir sus usos. Puede proteger a quien necesita denunciar o expresarse sin exponerse. También puede facilitar que alguien agreda creyendo que nunca tendrá que hacerse responsable. La posibilidad de ocultarse, por sí sola, no explica la intención ni resuelve la cuestión ética.

La pregunta sigue siendo qué hacemos con la ventaja que tenemos y qué límites aceptamos cuando nadie parece estar en condiciones de imponérnoslos.

Cuando quien observa queda fuera de la vista

Hay una conexión con la tecnología que me resulta particularmente incómoda.

Imaginemos una empresa que utiliza herramientas para registrar actividad, navegación o tiempos de conexión. Algunas personas pueden consultar esos datos; otras quizá no saben con claridad qué se registra, quién lo revisa o para qué se utilizará.

En ese escenario, el anillo podría estar del lado de quien observa. Tiene acceso a una parte de la vida laboral de otros, mientras su propia consulta, su interpretación y sus motivos permanecen fuera de la vista.

Puede haber razones legítimas para establecer controles: proteger información, investigar un incidente o cuidar la continuidad de una operación. Precisamente por eso, me parece necesario poder explicar qué problema se busca resolver y qué límites tiene esa capacidad.

No es lo mismo revisar un acceso relacionado con un incidente concreto que explorar la actividad de una persona por curiosidad. Tampoco es lo mismo contar con un dato que comprender lo que significa.

Un registro puede mostrar que alguien estuvo desconectado durante cierto tiempo. No explica por sí solo si estaba atendiendo una llamada, trabajando fuera de esa aplicación o resolviendo algo que el sistema no registra. Convertir esa observación en una conclusión sobre compromiso o desempeño requiere contexto.

Tener acceso a información sobre alguien también exige poder explicar por qué la consultamos y qué hacemos con ella.

El hecho de que una herramienta permita mirar no responde todavía a la pregunta de si corresponde hacerlo.

Quién puede preguntar al que controla

La reflexión no debería terminar en pedir buenas intenciones a quien tiene acceso. Incluso alguien convencido de actuar correctamente puede interpretar mal una situación, ampliar una revisión más de lo necesario o utilizar información para un propósito distinto del original.

Por eso me parece importante que el control también pueda ser revisado.

Debería existir claridad sobre quién accede, con qué finalidad y durante cuánto tiempo se conserva la información. También sobre quién puede revisar ese uso y cómo una persona puede cuestionar una conclusión que la afecta.

No todo detalle de una investigación puede hacerse público en cada momento. Esa reserva, sin embargo, necesita límites y una instancia ante la cual responder. La confidencialidad pierde su sentido cuando termina protegiendo a quien decide de cualquier examen sobre su propia actuación.

Esto conecta con algo que ya he escrito en El silencio también habla. Si preguntar tiene un costo demasiado alto, la ausencia de objeciones puede parecer conformidad. Quien tiene el poder recibe silencio y puede interpretarlo como prueba de que está actuando bien.

En esas condiciones, preguntar quién controla al controlador deja de ser una frase filosófica. Se convierte en una necesidad muy concreta de la organización.

La pregunta también me incluye

Sería cómodo utilizar el anillo para pensar únicamente en otras personas. En quienes tienen más poder, en quienes abusan de él o en quienes parecen no reconocer límites.

Pero la pregunta del curso estaba dirigida a quien tenía que responderla.

También me corresponde revisar qué hago con la información que recibo por mi función, qué considero legítimo conocer y qué decisiones tomo sin escuchar a la persona afectada. Incluso cuando mi intención es resolver un problema o proteger a la organización.

Puedo preguntarme si aceptaría que otra persona utilizara conmigo el mismo criterio. Si podría explicar una consulta sin refugiarme únicamente en que tenía permiso para hacerla. O si estoy confundiendo la confianza que depositaron en mí con una autorización para decidir solo hasta dónde llegar.

La integridad necesita convicciones personales. También necesita condiciones que nos permitan reconocer un error, recibir una objeción y corregir antes de convertir una excepción en costumbre.

Me gustaría pensar que actuaría correctamente con el anillo en la mano. Pero prefiero acompañar ese deseo con límites que también se apliquen a mí.

Si una decisión afecta a otra persona, quiero poder explicar qué hice, por qué lo hice y qué información consideré. Y aceptar que esa explicación pueda ser cuestionada, incluso cuando me resultaría más cómodo que nadie supiera que la decisión fue mía.