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Los vinos mexicanos que ya son parte de mi mesa

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En dos líneas

Botellas conocidas, visitas que dejaron recuerdos y un viaje al Valle de Guadalupe todavía pendiente. Una relación personal con los vinos mexicanos, más allá de las etiquetas.

Serafiel 2018, una copa de vino y quesos en la mesa.Casa Madero 3V 2021 acompañado por dos copas de vino tinto.Cava 57, 2 Secretos Malbec rosado 2023, junto a una copa de rosado.
Algunas de las botellas mexicanas que han acompañado mi mesa. Fotografías personales del autor.

Cuando les cuento a otros brasileños que en México hay vinos excelentes, la sorpresa aparece con frecuencia. Algunos no los conocen; otros nunca habían pensado en México como un país de vinos. Para mí, que vivo aquí y llevo tiempo probándolos, esa conversación se ha vuelto bastante familiar.

Lo curioso es que ya no hablo de ellos como una novedad. Casa Madero, Adobe Guadalupe, Mariatinto, Monte Xanic y Norte 32 forman parte de mis elecciones. Son nombres que reconozco en una carta, botellas a las que regreso y vinos que me gusta mencionar cuando alguien me pregunta qué vale la pena descubrir en México.

No pretendo hacer una clasificación de los mejores ni una guía de enología. Es una selección personal, construida con copas, comidas y preferencias que se han ido afirmando con el tiempo. Tampoco todos me gustan de la misma manera. Algunos representan una elección segura; otros todavía consiguen sorprenderme.

Las botellas a las que vuelvo

Casa Madero tiene un lugar muy claro en esa selección. Su 3V es, para mí, una de esas elecciones con las que resulta difícil equivocarse. Cuando quiero un vino que sé que me gusta, sin convertir la decisión en una investigación, es un nombre al que puedo volver con confianza.

Hay algo agradable en esa familiaridad. Disfruto descubrir etiquetas, pero también me gusta reconocer una botella y saber por qué la estoy eligiendo. El 3V ocupa ese espacio: no necesita ser una novedad para seguir teniendo lugar en la mesa.

Mariatinto me provoca otro tipo de entusiasmo. Es de los vinos mexicanos que más me impresionan y uno de los primeros que me vienen a la cabeza cuando hablo de la calidad que he encontrado aquí. Hay recomendaciones que uno hace con prudencia y otras en las que se nota enseguida el gusto personal. Con Mariatinto me pasa lo segundo.

Norte 32 también merece estar en esta conversación. Es otro de esos nombres que han dejado de ser una prueba ocasional para convertirse en una referencia entre los mexicanos que disfruto. Junto con Monte Xanic, amplía una selección que no se limita a una sola bodega ni a un único estilo. Entre las fotografías que conservo aparecen tintos, blancos y rosados, además de distintas cosechas de algunas etiquetas. Al verlas juntas, se reconoce una relación sostenida con estos vinos.

Adobe Guadalupe, por su parte, reúne dos motivos para interesarme: sus vinos, que me parecen increíbles, y la historia que hay detrás de la bodega. Serafiel, Rafael y Miguel aparecen entre las botellas que he probado, pero mis ganas de conocer el lugar no vienen solamente de lo que he encontrado en la copa.

Según cuenta la propia Adobe Guadalupe, el proyecto de Tru y Don Miller está ligado a la memoria de su hijo Arlo y a su amor por México. Conocer esa historia me dio todavía más ganas de visitar la bodega. No para buscar una explicación sentimental al vino, sino para conocer el lugar y la historia humana que acompañan a unas botellas que ya disfruto.

Cuando el vino también es una visita

Mi relación con los vinos mexicanos no ocurre solamente en casa. He visitado Freixenet, La Redonda, Cava 57 y Puerta del Lobo, en Querétaro, además de Viñedos San Lucas, cerca de San Miguel de Allende, en Guanajuato.

Esas visitas añaden algo que una botella, por sí sola, no puede ofrecer.

El entorno, la mesa y el tiempo que uno pasa allí también entran en el recuerdo. Después, al volver a encontrar el nombre de una bodega, la referencia ya no es únicamente una etiqueta.

En Puerta del Lobo probé un vino naranja que recuerdo por lo diferente que me resultó. Me pareció interesante, exótico para lo que estaba acostumbrado a tomar, y con un color muy bonito. No lo describiría como el vino más extraordinario que he probado, pero sí como una experiencia que valió la pena conocer. También disfruto esa parte del descubrimiento: probar algo que no necesariamente se convertirá en mi favorito, pero que amplía lo que conozco.

Las fotos ayudan a recuperar esas diferencias. Una copa de rosado en La Redonda, una botella de Cava 57 o el color del vino naranja de Puerta del Lobo cuentan cosas distintas. No todo tiene que terminar en una nota o en una comparación.

La visita que todavía me falta

Y aquí viene la parte un poco contradictoria: después de tantas botellas mexicanas, todavía no he visitado el Valle de Guadalupe.

Tengo más recorrido por sus vinos que por sus caminos. Conozco nombres, etiquetas y algunas historias, pero me falta estar allí. Adobe Guadalupe es una de las razones por las que quiero hacer ese viaje. Me gustaría conocer en persona lugares que, hasta ahora, han llegado a mi mesa dentro de una botella.

Mientras tanto, cuando un brasileño se sorprende al escucharme hablar de vinos mexicanos, entiendo su reacción. Yo también he ido descubriendo este país más allá de las referencias con las que llegué.

No sé cuál sería la primera botella que elegiría para cada persona. Dependería de sus gustos. Pero sí sé que tendría varios nombres para empezar la conversación, y que me gustaría ver qué encuentra cada uno en ellos.

La conversación continúa

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