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Antes de cualquier cargo, existe una persona

Tiempo de lectura7 min
En dos líneas

Ningún cargo nos vuelve inmunes al duelo, el miedo o la preocupación por quienes amamos. Esta es una reflexión personal sobre el cuidado, la culpa, los límites y el intento cotidiano de continuar sin dejar caer todos los platos.

Dos personas de generaciones distintas se toman de las manos alrededor de una mesa familiar
El cuidado también vive en los gestos pequeños y en la decisión cotidiana de permanecer cerca.
Vulnerabilidad y cuidado Esta no es una historia sobre cómo el sufrimiento me convirtió en un mejor líder.

Es un intento de reconocer que el liderazgo no suspende la condición humana.

Durante mucho tiempo aprendimos a asociar el liderazgo con una especie de resistencia permanente. El líder sería quien soporta, resuelve, conserva la serenidad y no permite que los problemas personales interfieran en el trabajo. Puede reconocer la fragilidad de los demás, pero rara vez parece autorizado a mostrar la propia. Como si el cargo levantara una barrera capaz de impedir que el miedo, el duelo o la preocupación atravesaran la puerta de una reunión.

Sé que esa imagen existe porque yo también intenté estar a su altura. Seguí trabajando, tomando decisiones y atendiendo a las personas incluso cuando una parte importante de mí estaba ocupada intentando comprender lo que sucedía con mi familia. Pero la vida no siempre respeta las divisiones que creamos. Algunas preocupaciones entran con nosotros a la oficina, alteran nuestra concentración, cambian nuestra energía y, en ciertos momentos, reducen nuestra capacidad de hacer aquello que normalmente haríamos sin dificultad.

Antes de cualquier cargo, existe una persona. Ninguna posición profesional nos vuelve inmunes a lo que les sucede a quienes amamos.

Cuando la vida reorganiza los papeles

Recientemente se cumplieron tres años de la muerte de mi hermano, Edson. Después de su partida, algo cambió profundamente en la forma en que empecé a mirar a mis padres y a mi tío Luiz.

No fue solamente una sucesión de asuntos prácticos que necesitaban resolverse. La pérdida reorganizó silenciosamente nuestros papeles. Comencé a percibir en ellos fragilidades que quizá antes no veía, como si fueran cristales que pudieran romperse con mayor facilidad. Esa percepción trajo una preocupación constante, difícil de guardar en una parte aislada de la vida.

Empecé a pensar con más frecuencia en la comodidad de cada uno, en su seguridad, su dignidad y en aquello que podría hacer para que se sintieran cuidados. También comencé a entender, de otra manera, que había llegado el momento de retribuir en vida todo lo que hicieron por mí. No como el pago de una deuda, porque el amor no funciona así, sino como la continuidad del cuidado que recibí desde siempre.

Fueron ellos quienes me mantuvieron vivo, protegido, amado y capaz de crecer. Ahora soy yo quien intenta estar presente, observar, anticipar necesidades y ofrecer un poco de tranquilidad.

Ese movimiento no sucede de forma ordenada. Viene acompañado por el miedo de no notar algo importante, la duda de si estoy haciendo lo suficiente y la angustia de intentar cuidar sin quitarle al otro su autonomía.

El cuidado también vive en las cosas pequeñas

Cuidar no aparece solamente en las grandes decisiones. Muchas veces cabe en gestos que, vistos desde fuera, podrían parecer banales.

Todos los días hablo con mi madre. Puede ser un buenos días, un mensaje por la tarde, una pregunta sobre cómo estuvo el día o una última conversación antes de dormir. Quiero saber cómo están, percibir aquello que quizá no dicen directamente y permanecer atento a lo que puedan necesitar. A veces el cuidado está en una respuesta; otras, simplemente en mantener abierto un camino para que puedan hablar.

Esa presencia cotidiana no elimina la distancia, no resuelve todas las preocupaciones ni ofrece control sobre lo que puede suceder. Aun así, crea continuidad. Es una forma de decir que estoy aquí, que quiero acompañarlos y que aquello que viven me importa.

Esos pequeños rituales pasaron a formar parte de la organización de mis días. No son una tarea añadida a la agenda, sino una prioridad humana que convive con reuniones, decisiones, viajes y todas las demás responsabilidades que continúan existiendo.

Hubo momentos en los que no conseguí separar

Sería poco honesto afirmar que atravesé todo este proceso sin que mi trabajo se viera afectado. Hubo momentos en los que la preocupación ocupó demasiado espacio, en los que el miedo redujo mi concentración y mi rendimiento no fue el mismo. Algunas veces necesité detenerme, replantear y comenzar otra vez. Ciertas prioridades cambiaron casi de un día para otro, porque aquello que parecía urgente dejó de serlo cuando se comparó con una necesidad real de la familia.

Admitirlo no es un intento de justificar lo que quedó sin hacer ni de transformar el sufrimiento en virtud. Es reconocer que la idea de una separación perfecta entre la vida personal y la profesional casi nunca resiste los acontecimientos más sensibles.

Cuando aflora el lado humano, los proyectos se reorganizan, los compromisos necesitan revisarse y la energía disponible se distribuye de otra manera. La responsabilidad, en esos momentos, no consiste en fingir que nada nos afecta. Consiste en reconocer los propios límites, comunicar lo necesario y buscar una forma de continuar sin destruirnos en el proceso.

La culpa también participa del cuidado

Existe además una parte menos fácil de admitir: a veces, cuando me estoy divirtiendo o simplemente viviendo un momento ligero, siento culpa. Como si debiera estar con ellos y no solamente confiar en que las cuidadoras están allí haciendo su trabajo. Como si disfrutar de mi propia vida significara, por algunos instantes, haber dejado de cuidar.

Racionalmente sé que una cosa no debería eliminar la otra. Sé que nadie puede permanecer en estado de vigilancia todo el tiempo y que cuidar también exige preservar algo de energía, descanso y alegría. Pero los sentimientos no siempre obedecen a lo que sabemos.

Todavía estoy aprendiendo a tolerar esa culpa y a convivir con ella sin permitir que ocupe todos los momentos buenos. No tengo una respuesta preparada. Tal vez una parte del cuidado consista en aceptar que amar a alguien no nos da control sobre todo y que estar presente no significa estar físicamente cerca todo el tiempo.

Vulnerabilidad no es ausencia de responsabilidad

Reconocer la vulnerabilidad de quien lidera no significa defender que las responsabilidades desaparezcan ante cualquier dificultad. Tampoco significa trasladar permanentemente a otros aquello que nos corresponde. Significa aceptar que existen periodos en los que una persona responsable, comprometida y experimentada no conseguirá funcionar exactamente como antes.

El cargo no interrumpe el miedo ni ofrece respuestas automáticas frente a una situación familiar delicada. Un líder también puede sentirse asustado, perder momentáneamente el equilibrio y necesitar tiempo para reorganizar su propia vida.

Tal vez la madurez consista menos en sostener una apariencia de invulnerabilidad y más en comprender cuándo insistir deja de ser fortaleza y se convierte en riesgo. Detenerse puede ser una decisión responsable. Pedir ayuda puede ser necesario. Recomenzar no borra lo que sucedió antes.

Aprender a vivir dentro de esta realidad

Estoy viviendo esta historia. El cuidado forma parte del presente y no estoy esperando que desaparezca para entonces retomar mi vida. Lo que empieza a surgir es una manera posible de convivir con esta realidad.

Cuando digo que creo que estamos saliendo del otro lado, no quiero decir que todo se resolvió o que dejamos atrás la preocupación. Quiero decir que el periodo más desorganizador quizá está dando lugar a cierto ritmo, que algunas rutinas empiezan a establecerse y que aquello que antes parecía imposible de administrar comienza a ocupar un espacio posible dentro de los días.

Sigo preocupado, sigo aprendiendo y todavía hay momentos en los que no sé exactamente qué hacer. La diferencia es que ahora consigo cuidar sin permitir que todos los demás platos caigan, aunque algunos necesiten girar más despacio durante algún tiempo.

No encuentro en esta experiencia una fórmula sobre el cuidado o el liderazgo. Tampoco quiero presentarla como una historia de superación, como si fuera necesario llegar a un punto final para extraer de ella algún sentido.

Existe el presente, con sus conversaciones diarias, sus preocupaciones, sus decisiones y el intento de ofrecerles a quienes amo el bienestar que merecen. Existe también la gratitud de poder retribuir en vida una parte de todo lo que recibí.

Tal vez lo más honesto sea aceptar que soy la misma persona cuando cuido de mi familia, cuando trabajo, cuando tomo decisiones y cuando lidero. La angustia de un lugar no desaparece automáticamente cuando entro en el otro.

Un día a la vez Antes de cualquier cargo, existe alguien que siente miedo, sufre, se detiene, reorganiza sus prioridades e intenta continuar.

En este momento, eso es lo que estoy haciendo: cuidando, aprendiendo e intentando seguir, un día a la vez.

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