Durante mucho tiempo me volví bastante bueno manteniendo los platos girando.
El trabajo, la familia, los problemas, las decisiones, las personas que dependen de mí. Cuando alguno empieza a perder velocidad, me acerco, le doy otro impulso y paso al siguiente. Hay cosas que necesitan resolverse y estoy acostumbrado a hacer lo necesario para que sigan funcionando.
Esos son los platos que todo el mundo ve.
Hay otros que casi nadie ve con la misma claridad: el sueño, la tranquilidad, el disfrute, la autoestima, la esperanza. También necesitan atención, aunque no haya una fecha de entrega ni alguien preguntando por ellos.
Una de las cosas más difíciles que he reconocido últimamente es que, mientras conseguía mantener funcionando casi todo a mi alrededor, algunos de mis propios platos estaban dejando de girar. Algunos llegaron a caer.
Y yo seguía atendiendo los demás.
Seguir funcionando
Quizá por eso me ha costado tanto reconocer que no estoy bien en algunos momentos. Continúo trabajando, entregando, resolviendo y cuidando. A veces, incluso sonriendo. Desde fuera, hay muchas razones para pensar que todo sigue en orden.
Yo también puedo utilizar esas señales para restarle importancia a lo que me pasa. Si todavía consigo responder, tomar decisiones y hacerme cargo de lo necesario, parece que puedo continuar. El cansancio queda para después, junto con todo aquello que no interrumpe de inmediato el funcionamiento del día.
Pero hay noches en las que no consigo ofrecerme la tranquilidad que intento dar a otras personas. Hay momentos en los que la culpa, el miedo y la sensación de tener que resolverlo todo se acumulan, y me cuesta encontrar una salida.
Lo difícil de explicar es que esas dos cosas pueden ocurrir al mismo tiempo. Puedo estar resolviendo algo con claridad y sentirme agotado por dentro. Puedo acompañar a alguien con atención mientras no sé muy bien cómo acompañarme a mí mismo.
He conseguido seguir haciendo que las cosas funcionen mientras algunas cosas dentro de mí se estaban rompiendo.
No escribo esa frase con orgullo. Es algo que ya no quiero seguir pasando por alto.
El cuidado que defiendo también me corresponde
Escribo sobre liderazgo humano, escucha, presencia y respeto. Sobre ambientes en los que las personas puedan admitir que no están bien sin sentir que, por hacerlo, pierden valor.
Creo profundamente en todo eso. La dificultad aparece cuando intento aplicármelo.
Soy mucho mejor ofreciendo comprensión a otra persona que concediéndomela a mí mismo. Puedo reconocer que alguien necesita tiempo, que está atravesando una situación difícil o que no debería cargar con todo. Sin embargo, cuando soy yo quien está cansado, encuentro razones para exigirme un esfuerzo más.
Siempre hay algo pendiente. Alguien necesita una respuesta. Una decisión todavía depende de mí.
Y así puedo terminar tratándome de una forma que jamás aceptaría que un líder tratara a alguien de mi equipo.
Reconocerlo me incomoda. Es difícil escribir sobre el cuidado y admitir cuánto me cuesta practicarlo conmigo. Pero tampoco sería honesto dejar fuera esa parte y presentar mis palabras como si fueran el resultado de algo que ya tengo resuelto.
Algunas de las cosas sobre las que escribo son convicciones. Otras son preguntas que todavía necesito hacerme. Muchas son ambas cosas.
Las versiones de mí que conviven
El hombre que escribe sobre cuidar a las personas también pasa noches sin saber cómo cuidarse. El ejecutivo que habla de propósito tiene momentos en los que le cuesta encontrar sentido a lo que está haciendo. Quien reflexiona sobre la resiliencia también siente, a veces, ganas de huir de todo.
Son momentos difíciles de escribir y todavía más difíciles de explicar. No quiero adornarlos ni utilizarlos para construir una imagen de fortaleza.
Tampoco creo que una de esas versiones borre a las demás. Lo que siento en un momento difícil no vuelve falsas mis convicciones. Y las cosas que consigo hacer por otros no vuelven menos importante lo que me está pasando.
Necesito poder reconocer ambas partes sin utilizar una para esconder la otra.
Me importa cuidar a las personas. También estoy agotado en algunos momentos. Quiero seguir siendo alguien con quien se pueda contar. También necesito cuidado. Poder decirlo no resuelve la dificultad, pero me permite describirla con más honestidad.
Lo que ya no quiero ignorar
Este texto no tiene una historia de recuperación que contar. No hay un momento a partir del cual todo haya cambiado ni una lista de hábitos que pueda presentar como solución.
Estoy tratando de reconocer algo que durante mucho tiempo quedó detrás de lo que conseguía entregar.
La imagen de los platos me ayuda porque muestra dónde he puesto mi atención. He corrido para sostener lo que era visible, lo que otros esperaban, lo que podía detenerse si yo no intervenía. Mientras tanto, algunas cosas mías también necesitaban que me acercara.
No quiero convertir ese cuidado en otra exigencia que deba cumplir perfectamente. Ya conozco demasiado bien la costumbre de transformar una necesidad en una obligación más.
Por ahora, hay algo que sí quiero dejar escrito: que todo siga funcionando a mi alrededor no significa que yo esté bien.
Y cuando hablo de cuidar a las personas, necesito empezar a incluirme.
