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Sergio MoriloUn archivo personal
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San Diego: volver a una ciudad que también cuenta mi historia

En dos líneas

Volver a San Diego es reencontrarme con mi primer viaje fuera de Brasil y reconocer lo que cambió desde entonces: la ciudad, los recuerdos y mi manera de disfrutar el viaje y el regreso a casa.

Un edificio azul sobre pilares junto al agua en San Diego, fotografiado durante un viaje anterior.
San Diego, en una fotografía de un viaje anterior. Ampliar fotografía ↗

La primera vez que viajé fuera de Brasil fui a San Diego. Era 1995 y participaría en un congreso de Microsoft sobre FoxPro. Había una razón profesional para estar allí, pero lo que recuerdo de aquel viaje es mucho más amplio que el evento.

Todo parecía nuevo. Las tiendas, los productos, las calles, la posibilidad de alquilar un automóvil y salir a conocer otros lugares. Venía de un Brasil donde mi acceso a muchas de esas cosas había sido bastante más limitado. Había curiosidad, ganas de comprar y una sensación de descubrimiento difícil de reproducir después.

Era mi primera vez en Estados Unidos. Viajaba solo y, aun así, alquilé un automóvil y extendí el recorrido hasta San Francisco y Las Vegas.

Cuando lo recuerdo hoy, me sorprende un poco aquella disposición para hacerlo todo sin haber estado nunca allí.

Sí, yo también fui joven.

Más de treinta años después, San Diego es probablemente la ciudad de Estados Unidos que mejor conozco. Volví muchas veces y fui acumulando lugares, fotografías y recuerdos. Esta visita de octubre añadió algunos más y me permitió reconocer algo que también estaba cambiando: mi manera de estar allí.

Una ciudad que fui conociendo por partes

Gaslamp, cerca del centro de convenciones, me encantó desde aquellos primeros viajes. Después fueron sumándose Balboa Park, Little Italy, Seaport Village y tantos otros lugares que hoy asocio inmediatamente con San Diego.

Seaport Village me parecía muy distinto de todo lo que había visto hasta entonces. Todavía encuentro algo de aquel asombro cuando miro sus construcciones junto al agua.

Al revisar las fotografías de otros años aparecen también La Jolla, Coronado, Old Town, las playas y los paseos por la bahía. La memoria no los ordena como un itinerario. Se mezclan visitas, épocas y ganas de regresar.

Por eso me cuesta pensar en San Diego como una lista de lugares que recomendar. Hay sitios que me gustan por lo que ofrecen y otros que, además, me recuerdan quién era cuando los conocí.

La ciudad también cambió. Mi recuerdo de Horton Plaza y de algunas partes del centro contrasta con el deterioro que he percibido con los años. Me incomoda encontrar esa distancia entre lo que guardé y lo que veo.

Al mismo tiempo, San Diego sigue siendo una ciudad que disfruto mucho. En este regreso volvieron a aparecer suficientes motivos para recordarlo.

Llegar por otro camino

El viaje de octubre comenzó con un cambio de planes. Cancelaron el vuelo de Viva que salía de Querétaro y conseguimos cambiar la salida a Ciudad de México.

Empezamos tarde, pero empezamos.

La llegada a Tijuana fue mucho más sencilla. Utilizamos Cross Border Xpress, CBX, y todo funcionó muy bien. En nuestra experiencia, unos treinta minutos después de desembarcar ya estábamos en la arrendadora de automóviles, del otro lado de la frontera.

Después del contratiempo inicial, se agradecía que esa parte fluyera.

Vista aérea de la costa, la bahía y San Diego durante la llegada a Tijuana.
San Diego a la vista, todavía sobrevolando Tijuana durante la llegada. Ampliar fotografía ↗

Hay algo agradable en volver a reconocer una ciudad antes de pisarla. Esta vez, la fotografía desde el avión fue la primera de las nuevas imágenes que se sumarían a tantas otras.

Un domingo frente al Pacífico

Uno de los días comenzó con misa y continuó con un almuerzo en Pacific Beach, en Fit Social.

Ya habíamos estado allí en una visita anterior, cuando el restaurante tenía otro nombre, y nos había gustado mucho. Esta vez encontramos un nombre distinto y una experiencia que seguía siendo muy buena: comida deliciosa, un ambiente agradable y la playa enfrente.

Me dio gusto volver y disfrutarlo otra vez. Entre los cambios que uno encuentra al regresar a una ciudad, también están esos lugares que conservan lo que nos había hecho querer volver.

Las fotografías guardan bastante bien el momento: las mesas sobre la arena, las sombrillas, las palmeras y el mar al fondo.

Mesas de madera y sombrillas sobre la arena en Fit Social, con Pacific Beach y el mar al fondo.
Fit Social, en Pacific Beach. Otro nombre para un lugar al que dio gusto regresar. Ampliar fotografía ↗

También pasamos por Liberty Public Market, que me sigue pareciendo bonito y agradable. Hubo compras en Las Americas, junto a la frontera con Tijuana, donde encontramos buenas tiendas, buenos precios y bastante calor.

Son partes distintas del mismo viaje. Un mercado, una comida frente al mar, unas compras. Algunas experiencias merecen una fotografía; otras se quedan como la sensación de haber pasado un buen día.

Diez años después, otra vez en Bali Hai

Regresamos a Bali Hai, en Shelter Island, donde habíamos estado en 2016.

Volver a un restaurante después de diez años tiene una expectativa particular. Uno llega con una versión del lugar guardada en la memoria y descubre cómo se encuentra con la experiencia de hoy.

Esta vez fue un gusto reencontrarlo. La comida estaba deliciosa, el servicio fue bueno y la vista de la bahía seguía siendo una parte importante del encanto. Incluso probé una cerveza que me gustó mucho, presentada en una botella que también terminó mereciendo una foto.

Una botella verde de cerveza y un vaso sobre la mesa de Bali Hai, con la bahía desenfocada al fondo.
Bali Hai, diez años después de aquella visita de 2016. Una nueva imagen para un lugar que ya tenía recuerdos. Ampliar fotografía ↗

La parte menos agradable de ese día ocurrió frente al restaurante: pasé una hora dentro del automóvil participando en una reunión de trabajo.

El restaurante estaba allí. Yo también, aunque todavía ocupado en otra parte.

El trabajo también encontró el camino

Antes de viajar había escrito que quería desconectarme. Todavía tenía que pensar cómo.

Durante estos días quedó claro que esa segunda parte seguía pendiente.

Hubo una reunión de seis a ocho de la mañana. Hubo mensajes que trajeron preocupaciones de trabajo al centro de las vacaciones. Y hubo momentos en los que respondí con más enojo del que me habría gustado.

Ya he escrito sobre el costo invisible de estar siempre disponible. Volver a San Diego también fue reconocer que comprender un comportamiento no significa haber conseguido cambiarlo.

La reunión dentro del automóvil, frente a Bali Hai, podría resumir bastante bien esa dificultad. Había vuelto a un lugar que quería disfrutar después de diez años y una parte de ese tiempo terminó ocupada por asuntos que me devolvían al trabajo.

No arruinó el viaje. Sí lo atravesó con una frecuencia que me incomodó.

Me gustaría poder contar que esta vez encontré la manera de dejar todo eso atrás. Todavía no sería verdad. Lo que sí puedo reconocer es que quiero cuidar mejor esos momentos, precisamente porque sé cuánto disfruto estar allí.

San Diego también tiene música

Por suerte, hubo espacio para otras cosas.

Café Sevilla sigue siendo uno de esos lugares agradables a los que da gusto volver. Música latina, gente guapa y un ambiente divertido. En esta visita quedó una fotografía de los músicos, con las luces y las paredes llenas de detalles detrás del escenario.

Una cantante y un guitarrista en el escenario de Café Sevilla, entre luces cálidas y paredes decoradas.
Música en vivo en Café Sevilla, uno de los lugares a los que me gusta regresar. Ampliar fotografía ↗

También volvimos a Moonshine Flats. Siempre me parece muy divertido, y la música country suele ser una buena elección para mí.

Una banda en el escenario y público frente a ella durante una noche en Moonshine Flats.
Otra noche de música, esta vez en Moonshine Flats. Ampliar fotografía ↗

Me gusta que ambas escenas quepan en el mismo viaje: el almuerzo frente al Pacífico y un lugar lleno de gente escuchando música. Descansar también puede tener ese movimiento.

Las ganas de volver a casa

Al terminar la semana, el balance es muy bueno. La obra del hotel incomodó en algunos momentos, especialmente porque varias áreas comunes estaban cerradas. Fue la principal molestia de la estancia.

Pero me quedo con una ciudad que volvió a gustarme, con lugares reencontrados y con nuevas fotografías.

También con esa sensación agradable de empezar a extrañar la casa después de las vacaciones.

En 1995 disfrutaba viajar solo y descubrir hasta dónde podía llegar. Hoy sigo teniendo curiosidad, aunque ya no siento el mismo entusiasmo por hacerlo solo. Valoro de otra manera la compañía y el regreso.

Algo de eso aparece en lo que escribí sobre las palomitas en casa: podemos estar pasando días muy buenos y, al mismo tiempo, tener ganas de volver a lo nuestro.

Ahora toca descansar un poco de las vacaciones antes de comenzar otros días de trabajo intenso. La frase tiene su ironía, especialmente después de las reuniones que se colaron en el viaje.

San Diego sigue teniendo mucho de aquel primer descubrimiento. Gaslamp, la bahía y los lugares a los que regreso conservan algo del joven que llegó en 1995, con ganas de conocerlo todo.

Esta vez vuelvo con una fotografía desde el avión, otra comida en Bali Hai y música todavía en la memoria. Y con ganas de llegar a casa.