Saltar al contenido
Sergio MoriloUn archivo personal
← Volver a las lecturas

Un buen vino no siempre es mi vino

En dos líneas

Reconocer las cualidades de un vino no me obliga a disfrutarlo tanto como otros. Entre reseñas, precios y botellas a las que me gusta volver, sigo aprendiendo a confiar en mi propio paladar.

Botella de étoile Tête de Cuvée guardada en casa, junto a un recipiente con corchos.
Entrada de Domaine Chandon, con el nombre sobre la puerta.Barricas en el interior de Domaine Chandon.
La visita a Domaine Chandon y la botella que seguimos guardando en casa. Fotografías personales del autor.

En casa tenemos una botella de espumoso que compramos en diciembre de 2014, durante una visita a Domaine Chandon, en Napa Valley. Es un étoile Tête de Cuvée y, según recuerdo, cuando la compramos ya tenía dieciocho años. No sabría decir cuánto costó. Lo que sí sé es que hoy me cuesta imaginar el momento de abrirla: después de tanto tiempo, podría encontrar una sorpresa o una decepción.

No sé qué hay ahora dentro de esa botella. Y precisamente por eso no la menciono como ejemplo de un vino que salió mal. Me recuerda algo más sencillo: ni lo singular de una etiqueta ni los años que llevamos guardándola garantizan lo que sentiremos al probarla.

Con los vinos que sí he abierto, esa distancia entre reconocimiento y placer aparece de una manera mucho más concreta.

Reconocer no es lo mismo que disfrutar

Al revisar mis antiguas evaluaciones de Vivino, encontré varias botellas a las que di una puntuación menor que la media de la comunidad registrada en mi archivo. No son necesariamente las notas actuales, ni puedo asegurar que fueran las mismas cuando bebí esos vinos. Pero mis comentarios conservan algo que el promedio no puede explicar: qué encontré yo en aquella copa.

En abril de 2014 registré un Felino Cabernet Sauvignon 2008, de Viña Cobos. Le di un 3,0, frente al 4,0 que aparece como promedio en la exportación. Mi comentario reconocía aromas de ciruela, madera y buena personalidad. Sin embargo, las notas verdes sobresalían demasiado para mi gusto y hacían que el conjunto me resultara menos atractivo.

No estaba diciendo que no tuviera cualidades. Las había encontrado y escrito. Simplemente, algo de aquel perfil no era lo que más disfrutaba.

Con un Château Rieussec Sauternes 2010 ocurrió algo distinto. Mi valoración fue de 3,5, frente a un promedio de 4,4 en el archivo. En la reseña escribí que era un buen vino, pero también que me parecía muy caro para lo que ofrecía. Las dos impresiones podían convivir: reconocer un vino y no sentir que el placer justificara lo que había pagado.

Hoy leo esas notas como registros de mi experiencia, no como sentencias sobre esas etiquetas. No necesito convertir mi preferencia en una explicación técnica para que tenga valor.

Puedo reconocer las cualidades de un vino sin sentir la obligación de disfrutarlo tanto como otros.

Eso tampoco significa que las opiniones expertas sobren. Escuchar a quien conoce más puede ayudarme a encontrar matices, comprender un estilo o darle otra oportunidad a algo que inicialmente no entendí. Quiero seguir aprendiendo. Lo que no quiero es confundir ese aprendizaje con la obligación de coincidir.

El segundo vino más barato

Hace tiempo vi un meme que recomendaba pedir el segundo vino más barato de la carta. Me hizo gracia porque resume una negociación bastante reconocible: queremos elegir algo agradable sin convertir la cuenta en el recuerdo principal de la cena.

No lo tomaría como una regla. El segundo precio no garantiza una buena elección, ni el primero merece ser descartado solamente por ser el más bajo. Pero la broma permite decir algo que a veces queda escondido entre cosechas, denominaciones y puntuaciones: el presupuesto también forma parte de disfrutar.

Prefiero preguntar, revisar las opciones y buscar alguna referencia. Incluso hay herramientas para facilitarlo: Vivino Premium permite escanear la carta de vinos. Esa información puede orientar la elección, pero no conocer por completo mis ganas de esa noche ni decidir cuánto quiero gastar.

Para mí, un buen vino es uno que me gusta y cabe en mi bolsillo. Eso no elimina las diferencias de calidad. Define lo que busco cuando elijo una botella para disfrutarla, no para demostrar que sé elegir.

El vino al que quiero volver

Si tengo que hablar de preferencias, aparece enseguida Angélica Zapata. Lo he dicho más de una vez: no cambiaría una botella por ninguna otra. No es una conclusión de una cata a ciegas ni una clasificación universal. Es una declaración de gusto, con todo lo personal que eso implica.

Botella de Angélica Zapata Malbec Alta 2015 junto a un decantador con vino tinto.
Hay etiquetas a las que me gusta volver. Fotografía personal del autor.

Puedo seguir descubriendo etiquetas, escuchar recomendaciones y encontrar vinos extraordinarios sin tener que abandonar aquellos a los que me gusta volver. Tampoco necesito que una botella sea rara, costosa o difícil de conseguir para sentir que elegí bien.

La Chandon sigue cerrada. El Angélica Zapata representa algo que ya conozco y disfruto. Entre una y otro hay espacio para la curiosidad, para equivocarme y para cambiar de opinión.

Las puntuaciones me ayudan a mirar. Las reseñas me ayudan a recordar. Pero al final quiero poder decir, sin demasiadas explicaciones, que un vino me gustó.

Y también que era un buen vino, aunque no fuera el mío.